Ricardo Calla Ortega

Tiempo de Iván Lima

sábado, 26 de junio de 2021 · 05:09

En una reunión de Evo Morales con un grupo de su partido para analizar la coyuntura –reunión registrada en un video que ha circulado profusamente–, éste declara que su partido debía al momento de esa reunión descartar totalmente cualquier intento de cambiar el gobierno de Jeanine Añez en funciones por algún otro pretendidamente más afín a los intereses del MAS. Legitimando al gobierno de Añez, Morales plantea a sus dirigentes y militantes –como registra el video– que más bien “hay que cuidar a Añez con tal que garantice las elecciones”. 

El video de marras ha sacudido, por supuesto, el panorama político en Bolivia, echando por la borda de modo definitivo la antojadiza tesis de que a fines de 2019 se habría producido en el país un “golpe de Estado” por parte de Jeanine Añez. Vaya curioso “golpe” el supuesto “golpe de Estado” de Añez en el que el supuesto “derrocado” –Evo Morales– pide cuidar a la supuesta “golpista”. 

En todo caso, ¿a qué extremos de inmoralidad política pueden llegar Evo Morales y el MAS? Morales pide primero “cuidar” a Añez “con tal que garantice las elecciones”, ¡y luego la encarcela en un operativo ilegal y represivo sin que se le garanticen y respeten sus derechos a un juicio justo y a un proceso debido! Los que postulan la noción del golpe de Estado cuando Evo abandonó su cargo en 2019 debieran, obviamente, explicar por qué los supuestos “golpistas” llamaron a elecciones para el 2020 con plenas garantías para que el MAS participe en ellas y hasta las gane. 

¿Un “golpe” para llamar a elecciones democráticas y que ganen los contrincantes de los “golpistas”? Con su porfiado argumento de que a fines de 2019 se produjo un “golpe”, los que manejan esta falsedad están pasando a producir un concepto directamente absurdo: en Bolivia, al concluir 2019, se habría producido la aberración de un “golpe de Estado democrático” con fines de llevar a cabo elecciones libres.

En la teoría política, las grandes insurgencias de masas en el planeta para imponer de modo violento la caída de gobiernos despóticos para que se los sustituya con gobiernos electos democráticamente en las urnas y con la institución de sistemas políticos de democracia electoral bajo vigencia del Estado de Derecho, esas grandes insurgencias de masa se llaman “revoluciones”, no “golpes de Estado democráticos”.

¿Quiere decir que en Bolivia, entonces, se produjo a fines de 2019 una “revolución” para llevar a cabo las elecciones democráticas de 2020? Tampoco. Urge el rigor. Las “revoluciones” democráticas –o autoritarias, que también las hay y ha  habido– son inmensos movimientos de masas –con violencia callejera y quiebres, fracturas y divisiones en los aparatos de coerción de los Estados (policía, ejército)– que no dejan en pie, esto es lo clave, el poder político de los regímenes que derrocan. Los golpes y las revoluciones, en todo caso, buscan hacer desaparecer o mermar el poder político de los regímenes que derrocan.

Ni “golpe” ni “revolución”, la caída del régimen del MAS en Bolivia a fines de 2019 no implicó ni el arrasamiento ni la abolición del poder político del MAS. El parlamento controlado con los 2/3 del MAS no sólo se mantuvo en 2019, ¡continuó funcionando e incluso viabilizó la constitucionalización del gobierno de Añez! La caída del régimen prorroguista del MAS en 2019 se debió, no a algún “golpe” o “revolución”, sino al abandono de parte de Morales a su cargo bajo la intensa presión callejera de una masiva ola de indignación –con expresiones pacíficas y en parte menor violentas–, que resquebrajó a la policía y el ejército e instituyó un gobierno improvisado –incoherente, oportunista, pero no golpista –, con fueros de sucesión constitucional y como producto de un pacto político –un acuerdo entre diversas fuerzas y actores  políticos, incluido el propio MAS– para llevar en 2020 unas elecciones democráticas efectivas, lo que se cumplió.

En todo caso, a todo ser humano le llega el tiempo de decidir su destino ante sí mismo. Esta vez, ahora que Evo Morales ha echado por la borda con sus declaraciones la tesis del “golpe de Estado”, le toca a Iván Lima, el actual Ministro de Justicia, decidir en qué lado de la historia ha de colocarse. Iván Lima, de quién no se puede dudar que llegó a su actual cargo anhelando y buscando una reforma profunda de la justicia en Bolivia, debe decidir: o levanta su voz para proclamar –optando por preservar el reconocido prestigio previo de su carrera como abogado apegado a la ley– que el falso caso del “golpe de Estado” debe ser cerrado de una vez y definitivamente,  u opta por dañar de modo agravado su valía, persistiendo en alinearse con la tesis del supuesto golpe de Estado en contra del derecho, la verdad y los hechos. Siempre es tiempo de marcar el destino.

 

Ricardo Calla Ortega es sociólogo.
 

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