Erick Fajardo Pozo

El orden de las cosas, según las minorías eficaces

viernes, 4 de junio de 2021 · 05:10

“También nosotros estamos perdiendo vidas, pero no nos queda de otra”. Con ese postulado, espetado en tiempo real y nada menos que durante la reunión del Comité de Operaciones de Emergencia Departamental, el transporte sindicalizado le notificó a las autoridades e instituciones de Cochabamba cuál es el orden de las cosas; quiénes tienen el poder y toman las decisiones en última instancia en un país en el que el gobierno nacional se rindió y nos rindió ante una de las corporaciones más grandes, violentas e inescrupulosas de Bolivia.

Leyendo entrelíneas, la proposición lógica de los transportistas agremiados dice mucho más de lo que parece decir. Dice, por ejemplo, que los choferes son una casta aparte que, sin embargo, “también” sufre el azote del virus. No obstante, al ser una casta superior, su decisión es que el costo humano de no asumir medidas de contención – el suyo y en consecuencia también el del resto de los mortales – es aceptable; y que si ellos pueden sacrificar las vidas de sus afiliados para mantener esta parodia de normalidad, entonces por supuesto que nosotros estamos obligados a hacer lo propio, de ser necesario hasta que Cochabamba se convierta en una necrópolis.

Así de sórdido fue el balance sumarial y la sentencia en última instancia dictada por Su Señoría José Orellana, líder del autotransporte, sobre la pandemia y cómo manejarla, a desdén de salubristas, autoridades y una ciudadanía con síndrome de Estocolmo.

Y así como hace décadas nos imponen tarifas, rutas y la expansión epidémica de sus líneas y desdobles, de la misma manera arbitraria cómo sentenciaron la inviabilidad de ferrocarril al Pacífico con un bloqueo, el gremio del autotransporte decretó la improcedencia de la cuarentena rígida en una ciudad que ya alcanzó el mayor nivel porcentual de contagios del país.

No medió criterio técnico, ni siquiera uno político; no gravitó el criterio del alcalde o el gobernador que recién elegimos, sino la conveniencia de una corporación que ahora decide no sólo la política de transporte público, sino además la política de exportación y hasta la política de salud pública en Bolivia.

Vivimos en un secuestro maldisimulado por la satrapía mediática de su máximo dirigente, que fingiendo una humildad con hedor a soberbia incluso amenaza entre líneas a las autoridades: “Si creen que pueden decidir sin nosotros, no nos convoquen”. Traducción: atrévanse a ejercer la autoridad que el pueblo les ha consignado a contrapelo de nuestro capricho y vamos a sabotear la cuarentena, si no es que también a desestabilizar a sus autoridades.

Y por dramático que parezca, los choferes no son los peores, Orellana no es el único. Vivimos bajo la dictadura de las minorías eficaces; las nuevas élites económicas que generó la economía de la coca excedentaria y la permisividad del régimen cocalero. 

Los choferes, los gremiales, los contrabandistas y los traficantes de basura deciden e imponen, mientras el consumado incompetente a cargo de Interior mira CNN tratando de aprender cómo funciona un verdadero sistema de seguridad interna, a tiempo de que instruye a la Policía Nacional no actuar contra las minorías que tienen secuestrado al país.

Ese es el descarnado orden de las cosas en Cochabamba; esa es la genealogía del poder en Bolivia, más allá de la ritualidad electoral sin efecto que practicamos cada cuatro años.

 

Erick Fajardo Pozo es consultor político y exasesor legislativo.
 

 

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