Luis Revilla

El odio

jueves, 1 de julio de 2021 · 05:09

Debe ser el sentimiento más destructivo de la humanidad y de los países; el odio destruye vidas y familias enteras y genera resentimientos por generaciones; el odio, propiciador de la desconfianza, impide construir los espacios comunes imprescindibles para desarrollar Estados prósperos y fuertes, llámese institucionalidad o políticas de Estado. 

Y la política, que debiera ser la forma de resolver los conflictos para evitar la guerra, está bastante llena de odios; odios y resentimientos que forman parte de las historias de vida individuales de cada quien; odios personales que, sin embargo, no son “odios grupales” o “regionales” o “de clase”, resultaría absurdo decir que un pueblo o una nación simplemente odia a otra, pues estos “odios colectivos” son en realidad miedos, miedo a lo desconocido, miedo al diferente, miedo al engaño de los otros, miedo al ridículo frente al otro.

Hay muchos ejemplos a lo largo de la historia humana que dan cuenta de la manera de superar el odio, el resentimiento y el miedo. Y aquellos Estados que lo hicieron son hoy más prósperos y con mayor felicidad y calidad de vida para sus habitantes; países que ciertamente tienen diversidad cultural y justamente sus políticas de Estado y su institucionalidad emergen de pactos con agendas, con detallados documentos de acuerdos de políticas públicas, pero en el fondo con el requisito primigenio y esencial de desterrar el odio, superar el miedo y generar confianza.

En Bolivia casi no hemos dado pasos para cumplir estas tres tareas, mucho menos, obviamente, para construir políticas de Estado e institucionalidad. Se gasta mucha energía en escuchar a los asesores, varios de ellos “odiadores profesionales”; sí, esos mismos que tienen historias de vida personales llenas de odios y resentimientos y que siempre, estratégicamente, logran acomodarse en todos los gobiernos, en todos los partidos y al lado de casi todos los líderes políticos.

Ellos que hacen del odio su forma de vida, de hecho lucran con él; están cobrando algún sueldo en algún lugar, gracias a sus sesudos análisis y encendidos discursos llenos de historias de conspiración, odios, chismes, intrigas y, claro, miedo, porque su habilidad mayor es infundir miedo en las bases, en los funcionarios afines y, sobre todo, en el jefe, que también los necesita, pues al frente hay odiadores igual o peores que el suyo.

Los odiadores tienen miradas sesgadas y parciales de la realidad, y por ello resulta extraño que los grandes líderes políticos, de uno y otro lado, y que son lo que son por tener una gran capacidad de comprensión de la realidad diversa cultural, política e ideológica del país o de su región, suelan hacer mayor caso a los asesores odiadores que al sentido común y a la necesidad de sentarse con el otro, con el diferente, con el adversario circunstancial.

Si pudiéramos hacer a un lado a los agoreros del odio y asumiéramos que nuestros líderes fueran capaces de sentarse en una misma mesa para generar acuerdos, parece que el problema fondo está en la mezquindad, en la necesidad de ganar, de imponerse al otro, de vencerlo y rendirlo. Cosa claramente improbable en nuestro país actual, donde el empate catastrófico está más vigente que nunca y donde los juicios y las persecuciones fueron y vinieron de todos lados y no doblegaron ni a los unos ni a los otros. 

Es que la polarización y radicalización no está en los líderes,  a quienes se puede apresar o exiliar; la polarización y radicalización está en la gente, en el área rural y en los barrios populares, en los de clase media y en los residenciales. Es la gente la que no se doblegará, ni en uno ni en otro lado. Y sí, es la misma gente que entiende el sentido común de las cosas y que entiende que aún siendo diferentes podemos entendernos y ponernos de acuerdo en 10 cosas, en 10 temas sensibles y estratégicos para el futuro del país y para el de los ciudadanos. Lo que falta, entonces, es la decisión política de los líderes de tener sentido común y dejar de lado su mezquindad.

 


Luis Revilla  es abogado y fue alcalde de La Paz.
 

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