José María Cabrera

Magnicidio en Haití, jaque mate al rey…como sea

martes, 13 de julio de 2021 · 05:11

Acostado con la boca abierta, con la frente y ojo izquierdo perforados por arteros disparos de un total de doce tiros, fue acribillado y asesinado el mismísimo Presidente de la República de Haití, Jovenel Moise, y ello en la propia residencia presidencial al promediar la una de la madrugada, cuando un comando fuertemente armado la tomó por asalto.

¿Es acaso en la historia, un hecho aislado el asesinato certero y brutal de un presidente? ¿Son los magnicidios fenómenos que suceden únicamente en los países subdesarrollados?

En Bolivia, solamente por citar el siglo XX, se registraron al menos tres evidentes o controversiales muertes de sus presidentes: Germán Busch en 1939 muere de un disparo de bala calibre 32 en la cabeza, entre versiones de suicido y asesinato; Gualberto Villarroel en el año 1946 fue sacado por la turba desde el propio Palacio Presidencial y ahorcado con lazo en uno de los postes de luz de la Plaza Murillo; René Barrientos en 1969 muere al estrellarse su helicóptero en la localidad de Arque, Cochabamba, entre la justificación de fallas técnicas o la perpetración de un verdadero atentado. En el mismo Estados Unidos tenemos los asesinatos de los presidentes Abraham Lincoln en 1865 por un disparo en plena función en el teatro Ford, y de Jhon F. Kennedy en 1963 por precisos francotiradores durante su desfile en carro por una de las céntricas avenidas de Dallas.

¿Por qué en todos los países, sean ricos o pobres, y en las diferentes latitudes del orbe, los magnicidios son una constante y muy cruda realidad?

La contundente respuesta es que en el diseño constitucional de los gobiernos de forma presidencial, dentro de ese tramado tablero de ajedrez que representa el juego de poderes, la figura del presidente resulta absolutamente preeminente respecto a los demás jugadores, concentrando por ello un altísimo valor estratégico. Lograr derrocarlo, asestarle un jaque mate, incluso a través de la opción criminal y sangrienta de su asesinato, resulta una medida, ruin y reprochable sin duda alguna, pero también eficaz para el cambio o freno rotundo en la conducción del país que buscan las fuerzas opositoras de turno.

Precisamente para el caso de los cinco magnicidios citados como ejemplo, éstos se perpetraron con el claro propósito de repeler las reformas políticas propiciadas por estos presidentes, pero desdeñándose para ello las vías institucionales de control y contención del poder, y apostando por la opción criminal del magnicidio, pese a los daños colaterales de desestabilización del país y un retroceso atávico de su clase dirigente.

La democracia como valor y herramienta para el desarrollo y bienestar de los pueblos repudia el uso de la violencia, y más aún el de la criminalidad para la definición del destino de las naciones, por ello resulta de vital importancia que las constituciones contengan mecanismos reales, prácticos y efectivos para frenar y limitar el poder e influencia desmedidas de los presidentes. 

En el presente caso del sangriento asesinato del Presidente de Haití, nuevamente se confirma este panorama y situación, donde individuos o sectores de la oposición se han decantado por el repudiable recurso al magnicidio, ante un presidente que concentró desmedidamente el poder al gobernar sin el contrapeso de un Congreso o Asamblea, extendió su mandato con triquiñuelas legales, y finalmente emprendió una reforma a su Constitución, pero violando la misma.

Ante esta nueva constatación, sucedida en nuestro hemisferio americano, y además en la primera república que logró instaurarse y emanciparse en Latinoamérica; deben encenderse las alarmas de todas las naciones que mantienen gobiernos presidenciales, como Bolivia y todos los demás, para reforzar las normativas de nuestras constituciones, pero más aún para adoptar medidas de fortalecimiento de la responsabilidad y alta cultura política de nuestras clases dirigentes, de manera que los límites, controles y frenos al poder e influencia de los presidentes de todas las Américas logren ser contenidos por vías y medios democráticos e institucionales, y nunca más por la vía del recurso al asesinato del presidente. Por ese camino ganan la paz y el progreso de nuestros pueblos desde dentro, y no por fuera de los sistemas democráticos.

José María Cabrera es abogado constitucionalista, profesor  y  ex Procurador General del Estado

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