Maggye Foster 

Un pie sin calcetín

miércoles, 11 de agosto de 2021 · 05:09

No existe un Premio Nobel en psicología, aunque el psicólogo Daniel Kahneman obtuvo uno en Ciencias Económicas el año 2002. 

La “teoría de las perspectivas” de Kahneman son aportaciones sobre los aspectos psicológicos en la teoría económica. Una parte de esta teoría impulsa a reflexionar en la forma en la que se toman decisiones, una investigación importante debido a que éste es un factor crucial para triunfar o fracasar en cualquier actividad.

Si analizamos la forma en que se toman decisiones, nos damos cuenta de que muchas de ellas son emocionales e instintivas. La toma de decisiones en la vida debería ser como un juego de mesa en el que sabemos que cuando se mueve una ficha ésta afecta a muchas otras fichas a lo largo de la partida, así que intentaremos pensar con lógica y calma, si queremos ganar el juego. Pero en la vida real con frecuencia se toman decisiones vitales, al calor de algunas emociones como el miedo o la indignación, sin pensar en las consecuencias a corto, mediano y largo plazo. Y el problema surge cuando se piensa sólo en una parte de la problemática, ya que en ese caso los movimientos no siempre son inteligentes, afectan a los demás y pueden conllevar riesgos. 

¿De dónde viene el título de “un pie sin calcetín”?

Hace algunas décadas después de uno de los muchos golpes y revueltas de nuestro país, fui a la morgue. Allí se amontonaban los cadáveres de decenas de jóvenes, que tenían sueños y pensaban que pelear por los ideales que se gritaban o se cantaban en aquel tiempo, les hacía parte de algo grande y valía la pena. 

El amigo, al que iba a buscar a esa morgue era uno de ellos, un universitario seguro de que estaba en lo cierto. Para su familia, la pérdida del hijo fue algo tan duro, que su madre continuó llorando hasta su muerte, hace unos pocos años.

Ninguno de los muertos de esa morgue pasó a la historia, sólo eran muchachos que seguían las ideas interesadas y parciales que les habían contado, con la pasión y la emoción de la juventud. 

A esos jóvenes nunca se les había ocurrido que buscar la llamada “igualdad social” de la que tanto les hablaban, sólo funciona cuando se da a cambio de ella, la propia libertad, ya que en un país pobre sólo se puede igualar la pobreza y eso significa tener que callar a los que protestan.

Todo esto se llega a comprender cuando para tomar decisiones serias que afectan a muchos seres humanos, se leen libros, se conoce la historia, y se sabe lo que pasa en el mundo. Cuando realmente se entiende que para repartir hay que producir porque las cosas que se distribuyen se van agotando, lo que conduce a pensar que para producir es necesario trabajar, crear, competir; y,  sobre todo, ser libre. 

Esa es la libertad que todos buscamos para estudiar, trabajar, tener una vivienda, viajar, ingresar a las páginas de internet que queremos, para expresar nuestra opinión, para protestar, para respetar la vida de las personas, para luchar para que nuestros hijos sean mejores que nosotros, para elegir nuestro propio camino. 

Bolivia no puede ser un país como aquellos a los que pretende imitar. Los que buscan venganza por un orgullo herido o porque les han dicho que han perdido, deberían sentirse orgullosos de ser parte de un país de gente con coraje, con una fuerte cultura ancestral que no tolera incursiones externas y no se doblega fácilmente ante ideales de otros pueblos, lo que se demuestra por la cantidad de golpes, revueltas y protestas de nuestra historia. 

Este es uno de los pocos países que aún mantiene una gran población originaria, que sí se estudia a fondo antes de tomar decisiones apresuradas, les mostrará una cultura de más de dos mil años, con fuertes valores de respeto a la tierra, la familia y a la comunidad.

De esa morgue llena de jóvenes con ideales ajenos, guardo como recuerdo un fuerte olor a formol y un pie sin calcetín. Y aún somos libres… no lo malogremos.

 

Maggye Foster  es neuropsicóloga.

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