Iván Camarlinghi

Democracia y libertad para todos

miércoles, 18 de agosto de 2021 · 05:10

El reciente fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) establece que ningún gobernante latinoamericano puede reelegirse en forma indefinida, porque no es un “derecho humano”. El fallo dio al traste con las ambiciones de moros y cristianos que desde una vereda (izquierda) u otra (derecha) pretendían reproducirse en el poder en forma vitalicia, cual si fueran reyes o monarquías constitucionales en pleno siglo XXI.

No sabemos hasta ahora por qué la CIDH se demoró en publicar una decisión que había sido aprobada hace más de dos meses. La Corte debe tener motivos bien fundados para ello por las implicaciones continentales y por el desmedido afán de poder de varios gobernantes que estaban tentados a reelegirse indefinidamente.

Intuimos que los intereses en juego eran demasiado poderosos como para no ser tomados en cuenta. Morales se creía con derecho a ser presidente vitalicio de Bolivia, Maduro apuntaba al fracaso del diálogo para eternizarse en Venezuela y superar a su maestro en cantidad de años gobernando con la espada desenvainada de día y de noche. Díaz-Canel no necesitaba ningún fallo CIDH para seguir gobernando en Cuba quizás por otros 60 años más porque su país fue expulsado de la OEA en 1962 y es el único país americano que no integra ninguna organización. El Presidente de Honduras también está en el club de los amigos ambiciosos del poder, ahora se acerca raudamente su final porque ya no podría ser reelegido, no solo por el fallo de la CIDH, sino también por sus graves problemas internos.

En estos tiempos del siglo XXI, parafraseando a Carlos Marx en su Manifiesto Comunista de principios del siglo XIX, “un fantasma recorre América”, el fantasma de las dictaduras que están viviendo sus últimas horas porque la Carta Democrática Interamericana aprobada en Lima, Perú el 11 de septiembre de 2001 (mismo día de atentados a Torres Gemelas en Nueva York) después de 20 años, finalmente saldrá triunfante para la gran mayoría de los países de la región, que con una o dos excepciones, (que confirman la regla) será triunfante para la alegría de todos los pueblos latinoamericanos que desean vivir en paz y en libertad con democracia plena y vigentes sus derechos civiles, sociales, políticos, económicos y de libre expresión y de prensa.

El inefable e infalible Primer Ministro del Reino Unido, Winston Churchill, decía que la democracia es el mejor sistema político que existe, con exclusión de todos los demás. La democracia es así. No en vano hay quienes dicen que la peor de las democracias es mejor que la mejor de las dictaduras.

En la dictadura no hay garantías para nadie, ni siquiera para los que trabajan con los dictadores que en cualquier momento pueden sufrir represalias. Si no pregúntenles a varios excolaboradores de Chávez, Morales o Rafael Correa porque en un momento eran excelentes funcionarios y al día siguiente podían estar corriendo al exilio o eludiendo las balas.

De los más de 200 países del mundo, apenas 20 tienen regímenes dictatoriales y la mayoría aplastante (más del 90%) viven diferentes formas de democracia y viven bien, con esperanzas, con educación, con salud y con la fe en el futuro que de otro modo, estaría confiscado en las 4 manos de dictadores que generalmente gobiernan como una banda criminal, corrupta y discriminatoria de las clases desposeídas.

El fallo de la CIDH es HISTORICO. Su Corte ha dado uno de los pasos más importantes en la historia de la democracia en nuestro continente, una lucha de vieja data que se arrastra desde los tiempos de Trujillo en República Dominicana o Batista en Cuba hace más de 6 décadas, hasta las más recientes de Chávez-Maduro, Morales y el MAS, Correa, Lula-Russef, Castro-Díaz Canel y otras tan bien plasmadas en la literatura, como la novela El Señor Presidente de Miguel Angel Asturias en Guatemala o Tiempos Recios de Vargas Llosa.

La democracia es la forma más civilizada en la que gobernantes y gobernados tienen derechos y obligaciones que no pueden soslayar.  La dictadura por muy buena que fuera, es dictadura y los que viven en ese régimen, “deben vivir con el testamento bajo el brazo”. La democracia, por muy imperfecta que sea, es democracia y los ciudadanos en un país democrático pueden reclamar y hacer escuchar sus derechos y el gobierno tiene que atender esas demandas. Los ciudadanos honestos, trabajadores y amantes de nuestra Patria podemos rajarnos el lomo trabajando pues a la llegada a nuestra casa no estará un policía para encarcelarnos o perseguirnos.

Ese fantasma de dictadura execrable ojalá un día sea exterminado y para siempre de la faz de la tierra cuando millones de demócratas en el continente, derroten definitivamente a los dictadores, que cada vez son menos y muy pocos les siguen en sus tropelías y robos que terminaran muy pronto. Cuando esto suceda, América Latina será libre para siempre y le esperará un gran futuro.

Iván Camarlinghi  es diplomático y periodista

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