Lupe Andrade Salmón

¿Y, ahora qué?

miércoles, 18 de agosto de 2021 · 05:12

Esta columna de hoy no es un comentario, ni una visión paradigmática de la vida. Es una reflexión. La Pandemia está en vías de partida.  Las vacunas sirvieron para abrir puertas, recuperar ciertas libertades, respirar con mayor soltura, y con o sin máscara, volver a ver antiguos amigos, encontrarse con antiguas antipatías, y volver a viejas  formas de actuar y hacer de nuevo algunas cosas que,  francamente están causando makurka emocional al haber estado tanto tiempo en la congeladora virtual del  alma.  

Pero fuera de respirar con algo más de confianza, ¿qué podemos sacar de la pandemia que no sea rabia, resentimiento, enojo, aburrimiento o ganas de escapar?  En un marco de pensamiento positivo, ¿qué cosita podemos considerar valiosa de esta experiencia,  que no tenga nada que ver con vacunas, fiebre o temor a quedar contagiado -es decir- fregado?  Pido perdón por la poca elegancia de la frase, pero no me viene otra en mente que comunique adecuadamente esta forma de pensar y reaccionar. 

Estamos podridos, amigos.  Podridos de la misma casa, la misma calle, la misma pantalla de televisión o la misma pantalla de computadora.  Tenemos hambre de abrazos, de manos entrelazadas, de mejillas suaves contra mejillas barbudas, de respirar otro aliento sin temer que junto con el oh, ah del deleite vengan los ohs y ayes de este virus maldito.

Las oficinas, negocios, empresas y otras actividades institucionales están hoy revisando los pros y contras del trabajo virtual o presencial, y oh sorpresa, muchos están sopesando y apreciando las ventajas del trabajo a distancia, distancia productiva, en contraste al viejo estilo de  presencia corporal robótica o mecánica de quienes hoy pueden  perfectamente hacer el  trabajo en la nueva  forma a la cual se han acostumbrado, aunque fuese en pijamas o camisón de dormir.  

Los que estamos sobreviviendo esta crisis, mirando al futuro con ojos de esperanza, quizás  podemos encontrar algo bueno en lo que hemos pasado y sobrevivido.  Por ejemplo, primero, que ser egoísta es mal negocio.  El que vive solo, y sólo vive para sí mismo, tiene muchas posibilidades de morir solo también.   El que vive para otros, y es generoso con su conocimiento, tiempo, dinero y corazón, puede vivir acompañado, y cuando le toque morir, de no hacerlo sólo y amargado.   Segundo, el que tiene razones para vivir, y es generoso con su propia vida y recursos, por supuesto que algún día deberá morir, pero probablemente rodeado de quienes lo quieren, quienes saborearon los frutos de su generosidad, y de quienes llorarán su partida de forma sincera, condolida y agradecida.

Quienes hoy  han sobrevivido, y tienen planes para un futuro promisor, serán bendecidos por la suerte, la Madre Tierra y sobre todo, serán queridos.   Si esos sentimientos sobrevivieron,  y hasta crecieron, no sólo han ayudado en los amargos momentos que hemos vivido.  Han sido y son instrumentos de recuperación, de reconstrucción de vidas, de reencuentro de afectos o de amores, y sobre todo, de esperanza en un futuro, que aunque incierto, podrá ser diferente en muchas cosas, pero igual de firme y caluroso que lo que habíamos planeado antes de todo este drama mundial.  Sí eso es cierto, será una alternativa fuerte y suficientemente sólida  como para hacer planes, soñar otra vez, y muy posiblemente convertir a esos sueños en realidades nuevas y hermosas.   Ahora, hoy mismo, estamos en  el comienzo de un nuevo mañana, y es obligación de todos luchar por que este mañana de sueños se convierta en realidad palpable, fuerte, resiliente, optimista y generosa.  ¡Sí  señor!

Lupe Andrade Salmón   es periodista.

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