Sayuri Loza

El tiempo de los t’aras

sábado, 11 de septiembre de 2021 · 05:10

El término t’ara fue usado en el siglo pasado de manera peyorativa para referirse a una persona de ascendencia u origen indígena. Sin embargo, t’ara no es una expresión racista en su acepción correcta, ya que significa “el que no entiende al otro”, no debe confundirse con ipi o ipiku, que es “tonto, estúpido, persona carente de inteligencia” o llallaku “persona con retraso mental”, porque t’ara es específicamente aquel que puede entender muchísimo pero no al otro ni sus razones y opiniones en específico y tristemente los bolivianos, desde hace cierto tiempo, estamos siendo t’aras.

Como en toda Latinoamérica, los políticos bolivianos siempre se han servido de la gran herida de los oprimidos y de la indignación general para hacerse del poder con la promesa de libertad y justicia (o venganza, da igual), por eso llegaron los españoles prometiendo liberar a los yanas (siervos) de los incas, luego los republicanos prometieron la ciudadanía al indígena, los nacionalistas prometieron la tierra, los socialistas la autodeterminación y el autogobierno… todos ellos cumplieron hasta donde les convenía, porque cumplir con todo implica establecer una igualdad que es poco beneficiosa a la hora de usufructuar con el poder.

En la actualidad, y debido al espíritu romántico de los políticos de turno, se registra una polaridad preocupante en el país, cada facción demanda la eliminación de la otra, cada facción recuerda ofensas, agravios, quemas, amedrentamiento, racismo, palabras de odio, agresiones, cada facción reclama que sus muertos son más valiosos, cada facción promete no perdonar, cada facción es lo más t’ara de lo t’ara en el país.

Mientras el país se desangra en un debate que no irá a ninguna parte, las fuerzas del neocolonialismo se llevan nuestros recursos naturales, se queman bosques y el cerro Rico de Potosí ha perdido su cabeza; poco parece importarles esto a las facciones de t’aras, ellos insisten en que en El Alto había una cédula terrorista armada hasta los dientes y juran que si no mataban a los desdichados de Senkata, toda la ciudad, no… el país, explotaría.

La otra facción t’ara alega que pretendían eliminar a las mujeres de pollera, que se iba a instaurar un régimen del terror con retrocesos monstruosos en los que los indígenas volverían a ser pongos y serían ajusticiados con caballos como Julián Apaza.

No, ninguna de esas facciones va a aceptar que aquellos fueron días de confusión, que todos estábamos asustados, preocupados, que cuando uno está así, imagina siempre lo peor y ve enemigos en todas partes, ninguno de los t’aras está dispuesto a decir que hubo exageración en las reacciones, que se pudo haber resuelto las cosas sin violencia y sin muertes de ambos lados.

Entretanto, los políticos azuzan a los t’aras para que tomen partido por ellos y ya se relamen pensando en los réditos electorales, en el crecimiento del partido, pero por encima de todo en la bomba de humo que genera todo esto, evitando hablar de la pandemia, de la futura crisis económica y del neocolonialismo que está sufriendo nuestro país.

Desgracia de muchos, consuelo de tontos, éste es un mal mundial, los t’aras están en todas partes: TLGBTs que desesperan y prometen juicios porque se equivocan al identificarlos, y su contraparte que exige literalmente la muerte de estos individuos, derechistas-izquierdistas, indigenistas-hispanistas, feministas- masculinistas, MARVEL-DC, cada facción escuchándose sólo a sí misma y a sus acólitos y cerrando oídos, ojos y almas a los otros, formando “colectivos” donde la comprobación de una consigna no es su análisis sino su repetición.

En el siglo XX ser t’ara era un insulto, hoy ser t’ara es un error, uno muy extendido pero no inevitable; no está mal tomar partido, pero defender irracionalmente alguna de esas facciones sin cuestionar con espíritu crítico, favorece únicamente al oportunismo político y al mal llamado “activismo”, de nosotros depende quién gana, no vaya a ser que perdamos todos.

 

Sayuri Loza es historiadora

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