Lupe Andrade Salmón

Del «Santoral» y la tradición

miércoles, 15 de septiembre de 2021 · 05:12

Cuando era niña, existía la fuerte tradición –casi obligación- de apelar al Santoral para bautizar a un nuevo cristianito.  El sacerdote verificaba la fecha, y como Padre Oficiante simplemente ponía uno de los nombres indicados al indefenso bebé y listo.  Que te llames Porfirio o Saturnino, no importaba a nadie más que al chico, quien luego afirmaba que su nombre era Satuco y punto.  Yo me libré por poco de algo parecido, porque mis “Santos” eran Tecla, (virgen y mártir) y Gregorio Nacianceno (Papa poco ilustre). 

Podrían haberme llamado Teclita o Gregorita, pero mi padre se negó.  Él quería llamarme Nina-lupi (“Fuego del Sol” en Aymara) pero el sacerdote se resistía, queriendo asegurar mi futura y disciplinada cristiandad.  Mantuvieron sus diferencias profundas, de tal modo que acabé bautizada como “María Nina Lupe del Rosario Andrade Salmón (con el Ninalupi encerrado por “María del Rosario”) para toda una vida de explicar y justificar semejante apelativo.

Hay que aclarar que Santa Tecla, la que me tocaba según el día, no me caía bien.  Cuando supe que había escapado esa suerte, me sentí feliz.  A la pobre santita, ¿de qué le sirvió morir virgen, si no pudo hacer algo más con su vida?  Y, si ser virgen era su mayor virtud, ¡qué tristeza! “Tecla” pudo haber sido poetisa, música o maestra, pero eso no está en su historia. Morir virgen ¿sería suficiente para ser Santa? Lo dudo. Y si Tecla murió por conservarse virgen, más triste aún. 

Tecla era y es nombre aburrido además de feo.  Y el Gregorio original mutó con los años a Gregorio Ostiense, lo que dice muy poco sobre su existencia o santidad original.  Yo hubiera sido una pésima Gregoria. Mi apego, como el de mi padre, no fue al papado, y  sí hacia el Sol, astro sin el cual no tendríamos vida. Pero aunque me libré de ser Tecla Gregoria, ¡acabé con una sarta de otros nombres!

Ese Santoral original, que venía en el popular Almanaque Bristol de tapa naranja, me quedó como herida en el costado.  ¿Quién fue esa Tecla de marras a la cual le di la espalda?  Traté de indagar.  Mártir dos veces, fue lo que pude descubrir, una vez cuando entró al listado de Santa por haber muerto como virgen, y otra (a mi juicio) cuando la sacaron del Santoral “por no haber constancia histórica” de su vida.  La pobre Teclita, ¡no sólo vivió poco, sino quizás no vivió nunca!  Y esa muerte virginal, si la tuvo... ¿sería meritoria? ¡Qué triste sería como único aporte a la historia!

Pero, volvamos a los nombres. Hoy, hay piedra libre para ser estrafalario.  He visto una Jhessenya, un Elfrido, un Jhoell  un Pabhlo y una Nhefferet.  ¿Por qué no?  La H intermedia parece estar de moda.  Pero pensemos un minuto... un nombre es para siempre: un regalo para los hijos, una carga, o hasta un castigo.

Y con esto los dejo, queridos lectores, para que sus hijos y nietos sepan que están pisando terreno resbaloso cuando quieran innovar con los nombres y su posterior uso y apelación.  No le pongan Jhasnila, por ejemplo... porque le dirán “asnita”.  No le pongan Pura ni Purpurita... por favor. 

Podemos ayudar pensando en nombres lindos que no se convertirán en pesadilla para sus dueños.  Nombres inspiradores.  Creo  que podríamos sugerir a la Santa Iglesia boliviana que acepte o proponga nombres aymaras (quechuas o guaraníes)  como Ñusta, Nayra, Huyustus, Warawara o Kusiwarmi en honor a nuestra verdadera tradición ancestral, y eso sería un triunfo histórico.

En todo caso, sería bueno iniciar una moda de apelativos menos mitológicos. ¿Quien fue Santa Cecilia?  ¿El nombre primigenio es Juan, Johann o John?  ¡Váuste a saber! como dice un amigo yungueño.  Reconozco que no es fácil encontrar nombres para reemplazar a los viejos santurrones del pasado.  Tengo a Ghandi y Mandela como propuestas, pero acepto nominaciones, con tal que no me vengan con Evo y Fidel que ahora están más trillados que Adán y Eva.  Propongo a mis lectores que soportan estas disquisiciones con paciencia, que encuentren nombres hermosos, que me los manden, y prometo ¡una próxima columna con las sugerencias!

 

Lupe Andrade Salmón es  periodista.

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