Carlos Derpic

«¡Muerte a los herejes!»

viernes, 17 de septiembre de 2021 · 05:09

El filósofo del Derecho Oscar Correas sostiene que los griegos inventaron el racionalismo absoluto, una manera de ver el mundo según la cual la Physis (el universo) tiene Logos (implacables leyes “naturales”, que nada ni nadie puede violentar). Una manera de ver el mundo que imagina a éste con un centro dador de sentido.

Esta filosofía –dice Correas- tiene formidables consecuencias, en la historia de occidente y en la de otros pueblos. Una de ellas es la creencia de que todo es necesario (“Sí o sí”), que no admite una sola gota de contingencia, porque, si la hubiera, se destruiría el edificio del mundo necesario. Por eso, el racionalismo es un gigante con pies de barro, es débil y esa debilidad hace que reclame obediencia absoluta y ciega, y proclame que, el que siembre la menor duda sobre el centro dador de sentido, debe ser destruido.

Por esto –sigue el autor- los espíritus racionalistas son autoritarios e intolerantes; no aceptan opiniones discordantes, contestatarios ni rebeldes. Viven aterrorizados con la posibilidad del desorden; sus pesadillas están pobladas de subversivos, que amenazan con el insomnio perpetuo. Y cuando despiertan se dedican a cazar opositores para tranquilizar su próxima noche; tarea inútil porque su temor regresa a cobrarles su creencia en el centro.

Lo único que les tranquiliza es la obediencia, la uniformidad. Les encanta que todos juren o canten el himno con el puño izquierdo en alto y la mano derecha en el pecho; se solazan con el proyecto, el partido y el líder único; intentan imponer programas y exámenes únicos; se tranquilizan cuando todos se les someten. ¡Prohibida toda disidencia, todo cuestionamiento, toda duda!

Pero, como no todos son jiliris irpiris o líderes espirituales de los indígenas del mundo, los que no llegan al primer cargo, se sienten cómodos y felices obedeciendo y adulando al centro dador de sentido. Al fin de cuentas, la pega está bien, aunque haya que aportar al “instrumento”.

Este centro, en el caso del MAS, es el expresidente fugado. Por eso, nadie puede ir en su contra. Nadie puede siquiera pensar que en 2019 hubo fraude; todos deben creer que hubo golpe (sólo así habrá reconciliación). Hay que castigar, no importa si violando los derechos humanos, la Constitución y las leyes, a la mujer que tuvo la valentía de ocupar la silla del predestinado cuando se generó vacío de poder. Y también a quienes no obedecieron las órdenes de dejar que el país arda y no entre comida a las ciudades, para que el “mesías” retorne triunfante. Hay que negar la auditoría de la OEA a las elecciones de octubre de 2019 y proponer un recuento de actas que no sirve para nada más que para tranquilizar conciencias de los fraudulentos.

Hay que acabar con la prensa que dice la verdad, y acusarla de vendida al imperio y a la derecha.

Hay que atacar y defenestrar, como sea, a la Iglesia Católica boliviana y desconocer su rol pacificador. Salgan artículos para acabar con ella. ¡Cómo no! En este caso, lo que les molesta es que el cristianismo proclama algo muy profundo que aterra a las dictaduras: que el hombre y la mujer son libres, constructores de su propio destino, sin sujeción a ningún proyecto-partido-líder único.

“¡Muerte a los herejes!”, es la consigna.

Sin embargo, bastará que haya un solo hombre o una sola mujer que piense diferente y no se someta, para que se manifieste el mundo múltiple y cambiante, el espíritu creador y libre de los seres humanos. Con solo eso el MAS seguirá aterrorizado. Y en Bolivia, son muchísimos los que saben que en 2019 no hubo ningún golpe.

 

Carlos Derpic es abogado

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