Mirna Luisa Quezada Siles

El silencio de los estudiantes

martes, 21 de septiembre de 2021 · 05:10

El cierre de centros educativos y aislamiento de la población provocados por la pandemia de Covid-19 cambió drásticamente la forma de educación en todo el mundo y ahora ésta se resume a una pantalla de televisión, celular, laptop o computadora con la que -al menos- se encuentran familiarizadas las actuales generaciones.

Sin embargo, a pesar de esa supuesta ventaja, niños y adolescentes sufren consecuencias negativas sobre su salud mental, emocional y física por restricciones en muchos lugares; impedimento de realizar actividad física; pérdida de hábitos saludables en la alimentación y -sobre todo- por no poder relacionarse con sus semejantes dentro los espacios destinados a la enseñanza.

En Bolivia el virus trajo consigo el incremento de componentes de riesgo como el hacinamiento; la violencia intrafamiliar; la pobreza y también -en muchos casos- el excesivo consumo de material audiovisual, sin que exista contacto con otras personas fuera de la familia, que permitan hacer seguimiento a lo que sucede con cada estudiante.

Desde el 13 de marzo de 2020 más de 2 millones de niños y adolescentes dejaron de asistir a clases en los niveles inicial, primaria y secundaria en el país y según estimaciones de la OIT y la Unicef, entre 31.000 y 92.000 entrarán al mercado laboral para ser parte de la cadena del trabajo infantil, lo que también los aísla de una educación al menos regular.

La brecha digital también afecta y hace discriminaciones entre estudiantes, porque sólo un pequeño porcentaje tiene un adecuado acceso a las tecnologías que implica poseer una conexión a internet de calidad y contar con dispositivos móviles o computadoras que  aguanten las plataformas utilizadas para la educación virtual. Todo esto sin contar que existe también una brecha cultural.

En las últimas semanas, algunos establecimientos se animaron por la educación semi presencial; sin embargo, las desigualdades son notorias. Es muy diferente caminar muchos kilómetros para contactarse con el maestro con todos los riesgos que esto supone, que asistir a un establecimiento que tiene bien diseñada toda la logística con sus medidas estrictas de bioseguridad.

Quienes tienen el “lujo” de pasar clases virtuales también enfrentan variedad de problemas: exceso de carga académica (demasiadas tareas); pérdida de la calidad educativa; contenidos inadecuados a la realidad o exagerados en detalles que no serán importantes o tal vez olvidados de inmediato; aumento del estrés, cansancio y ansiedad.

Las autoridades del Ministerio de Educación no explican sobre el por qué no se apoya a los estudiantes de los sectores más necesitados con mejor tecnología (con el satélite Túpac Katari y la empresa Quipus) y tampoco se esfuerzan por rediseñar prácticas de enseñanza en este nuevo contexto, que respeten los derechos de la niñez y adolescencia.

Los estudiantes aceptan en silencio las medidas de confinamiento y las decisiones de sus familias relacionadas a recibir o no educación, con todos sus bemoles. Muchos callan con resignación ante el hecho de verse obligados a abandonar la escuela por ayudar a conseguir el sustento diario; otros enmudecen con las reglas que tienen que seguir, dependiendo la unidad educativa a la que pertenecen.

Ese mutismo de los estudiantes a veces se rompe en las redes sociales o círculos de amigos y ahí se advierten frases como: “dónde quedamos los pobres que no tenemos Internet”; “ya no doy con tanta tarea, me duele todo”; “por qué estudiar demasiado, si no sabemos qué pasará mañana”; “para qué tanta evaluación, si ni saben lo que siento, que examinen mis emociones, mejor”.

Las frases cuestionan metodologías, contenidos y la poca comprensión del bienestar de los estudiantes; así mismo expresan incertidumbre sobre el mañana y denotan cansancio físico (muchas horas sentados frente al monitor lo cual daña la vista y la espalda) y mental (que luego se manifiesta en falta de concentración; estrés y mal rendimiento).

Al igual que en otros países, en Bolivia se encomendó a maestros y padres de familia mucho trabajo relacionado con la educación; es así que éstos deben atender adecuadamente las necesidades de los estudiantes y fortalecer las relaciones benéficas, es decir aquellos vínculos interpersonales rotos por el distanciamiento social.

Queda claro que la docencia presencial no es sustituible de forma virtual y que el gobierno debe hacer sus mayores esfuerzos para organizar el retorno a las aulas de forma semi presencial y presencial en todos los establecimientos el 2022, dotando de elementos para la logística en las medidas de bioseguridad y vacunando desde los 12 años, para que no se generen mayores traumas o retrocesos.

Que el 21 de septiembre sea el inicio de mejores días con una gestión adecuada de la enseñanza en los meses que quedan del presente año. Que sea el momento para empezar a escuchar esos gritos ahogados de los estudiantes y ex estudiantes que tuvieron que abandonar la educación por trabajar. Es hora que esas víctimas silenciosas de la pandemia sean atendidas adecuada y oportunamente.

 

Mirna Luisa Quezada Siles  es periodista

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