Carlos Armando Cardozo Lozada

Eterna espera

viernes, 21 de enero de 2022 · 05:08

Si existe una imagen que a cualquier boliviano se le viene a la mente cuando tiene que describir un día común de su diario vivir sin lugar a dudas el hacer cola para llevar adelante trámites, recibir un servicio, realizar una denuncia, solicitar alguna atención, etc.

Es una verdad inapelable, a tal punto que el boliviano no se indigna en lo más mínimo, le parece algo normal. Lo práctica de manera involuntaria como un reflejo propio de la conducta de sociedad. Ahí radica el problema, mientras más compleja es la realidad parece ser una garantía y nuestras expectativas de alguna manera encuentran un consuelo.

La burocracia pública es el origen de este mal, que extiende sus ramificaciones hacia el sector privado, la coerción y el monopolio de la violencia le permite imponer una sola forma de hacer las cosas. Cierto, el mercado podría resolver muchos de los problemas de hoy en día con mayor eficiencia ajustándose rápidamente a las demandas del ciudadano. Sin embargo, el boliviano conspira en su propia contra elevando juicios como el siguiente: “así siempre ha sido, muy difícil cambiar el país, qué le vamos a hacer, sólo queda resignarse”

Eso habla muy mal del estado de los ciudadanos como individuos y muy bien, para nuestra mala suerte, del colectivismo exacerbado década tras década por los diferentes gobiernos de este país.

Es inadmisible que un Seguro Médico como la Caja Nacional de Salud, donde los trabajadores aportan para que ellos y sus beneficiarios, puedan recibir tratamiento médico y tener la seguridad de gozar con cobertura en caso de caer en desgracia, brinde un servicio deficiente, inhumano y humillante a sus afiliados. Las personas llegaron a contentarse con el servicio y su progresivo deterioro, nuevamente la resignación los lleva encogerse en hombros y aguantar.

Cómo es posible que el manoseo político permita que algo tan importante como la Salud sea un simple botín de guerra para la “intelectualidad” o corporativismo parasitario que respalda al oficialismo a cambio de este tipo de concesiones y beneficios.

La educación es otro sector donde conviven tanto políticos como dirigentes del Magisterio, que coinciden en algo: sus beneficios e intereses están por delante de cualquier otra demanda. A quién le importa si algunos niños no pasan clases o si no tienen los medios para recurrir a los colegios privados (que tampoco son una maravilla), aquí mientras no se discutan las condiciones y beneficios de los maestros (pantalla para que los dirigentes puedan actuar) pueden dilatar y postergar la formación básica del futuro recurso humano del país.  

¿Por qué los padres de familia se resignan a pelearle bonos escolares y canastas familiares a los municipios, pero cierran la boca cuando el Gobierno Central improvisa a costa de sus hijos? Nuevamente encoger los hombros, recibir la compensación en silencio y preocuparse por sobrevivir.

Murray Rothbard en su ensayo titulado “Anatomía del Estado” hace hincapié en la diferencia entre los medios productivos y los medios políticos. Los primeros son aquellos que surgen gracias a la creatividad, a la prueba y error que permitieron consolidar mejores condiciones de vida al individuo y cuyo intercambio consolido un progreso que sacó a la humanidad de la pobreza, que era su estado natural.

Lamentablemente el Estado se sobrepuso a partir de los medios políticos, la violencia y la coerción, para financiar sus políticas públicas y así luchar contra la desigualdad. Vaya noble causa, bien vale la pena financiarla, claro que sí, financiarla, porque el Estado no es capaz de generar riqueza, simplemente los confisca.

Los resultados no se miden mientras sus motivos sean nobles a los ojos de la masa. ¿Dónde quedó el individuo? bueno se hizo creer que gozar con un Parlamento, un espacio de representantes sería el contrapeso perfecto a cualquier intento de instalar una tiranía, esta fue fácilmente cooptada con el perfeccionamiento de las artimañas de los políticos, cegados por el poder y hambrientos de privilegios.

¿Qué hacer? Bueno, el Poder Judicial puede resolver estos problemas, defender la Constitución y evitar que los poderes ejecutivo y legislativo promuevan leyes que pongan en riesgo las libertades individuales. Lamentablemente, como bien recuerda Rothbard, el Poder Judicial también sucumbió y se convirtió en un mecanismo de autovalidación, legalizando lo imposible y sacramentando las fechorías bien intencionadas del Estado todopoderoso.

El “New Deal” y la ofensiva de Roosevelt para que su segundo mandato pueda profundizar el Estado de Bienestar fue clara muestra de cómo, a título de políticas sociales responsables, se puede mover cielo mar y tierra. Las 3 erres de Roosevelt: resolver la pobreza y el desempleo, recuperar la economía a sus niveles normales y reformar el sistema financiero para evitar una nueva depresión, tenían gran eco en la población golpeada por la crisis económica luego del Crack Bursátil. Medidas como: incidir en los salarios, prevenir despidos, interceder en el comercio al interior de los estados, establecer programas sociales de desempleo y subsidios a granjeros, niños y tercera edad fueron bienvenidas; la presión por romper la infranqueable barrera de la Suprema Corte fue tal que se permitió considerar un proyecto de ley para jubilar a todos los jueces mayores de 70 años (la media era 71 años) e incorporar jueces más jóvenes para responder a la altura del desafío, la resolución de causas acumuladas en los diferentes estados (el pretexto perfecto). No solo Mussolini o Stalin eran tiranos que abusaban de su poder, Roosevelt veía un escollo en su camino al progreso, nada menos que la Justicia Norteamericana.

Esperar que algún político actué y dé los primeros pasos para cambiar este conformismo en declive progresivo que reina en Bolivia es una cola más que muchos realizan inconscientemente día a día. No pidan que este Gobierno cambie, no pidan que el siguiente Gobierno cambie, cambien ustedes, despierten, indígnense y que su inconformidad se haga notar con sus acciones. Es momento de saltarse la cola y agolparse en las ventanillas de los políticos somnolientos que creen que la desigualdad es el problema, el problema es el engendro de Estado incubado sobre la espalda de cada ciudadano.

 

Carlos Armando Cardozo Lozada es economista, Máster en Desarrollo Sostenible y Cambio Climático.

 

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