La curva recta

Cosas del extremo oriente

domingo, 29 de mayo de 2016 · 00:00
No amigo lector,  esta columna no trata de la China, ni siquiera de CAMC, y menos de la Zapata. Lo que sucede es que la semana pasada he retornado a Bolivia por Corumbá y Puerto Quijarro,  la frontera  más oriental de nuestro país. He seguido el viaje en un cómodo bus que le llaman "leito” porque viene de Brasil y así se llaman allí a los buses con poltronas muy cómodas. Por sólo 80 bolivianos he tenido una espectacular travesía por las tierras de la Chiquitanía, tan verdes, tan amables a los ojos  y con esos parajes de rocas coloradas que son muy bellos.

 El camino, asfaltado y relativamente nuevo permite un viaje confortable, hecho non stop desde Puerto Quijarro a Santa Cruz, un interesante ejercicio para las vejigas de los pasajeros, pero también una cuestionable semimaratón de manejo para el chofer. Si es que hubo cambio de chofer, fue hecho con una sincronía que los pasajeros ni siquiera lo notaron, bravo por ellos. Si no hubo alternancia, el viaje terminó acercándose a ser una práctica peligrosa.

 Viajar por la patria, seamos perogrullescos, nos permite conocerla, y también reinterpretarla. Cruzar la frontera entre el Brasil y Bolivia da ya para tener algunas visiones que nos hacen pensar, una vez más, en nuestras íntimas y superficiales contradicciones. Esa misma noche escucharía yo el discurso de una alta autoridad del MAS, a la hora de inaugurar el nuevo aeropuerto de Alcantarí, que gracias a Evo y a la nacionalización habían 5.000 millones de dólares anuales más en las arcas del Estado. Recordé la placa que había visto en la precaria y pésimamente diseñada oficina de migración de Puerto Quijarro, que tenía un agradecimiento a Thimoty Torlot, el actual representante de la Unión Europea, por haber colaborado en la remodelación de ese modesto recinto.  Es difícil entender que este triunfante país de Evo siga extendiendo la mano para tan vergonzantes menesteres, como la remodelación de un cuartucho llamado puesto aduanero.

Hacer migración en ambos países puede durar hasta cuatro horas. En el lado brasileño a la tardanza se suma un grosero maltrato a los bolivianos, pero se puede cruzar la frontera en forma muy libre, sin presentarse ante las autoridades. Se puede, por ejemplo, llegar en la noche a Corumbá,  cuando las oficinas de Migración están cerradas, cruzar al lado boliviano y volver luego, al día siguiente, a hacer las formalidades.  Todo está lo suficientemente organizado para que el contrabando hormiga fluya sin mayores contratiempos, aunque -lo escuché de un taxista-, hay temporadas en que se ponen más estrictos.

Y ahí vuelvo a pensar en los aspavientos de la entonces directora de Aduanas, amenazando a quien trajera en avión un regalito, insistiendo en que éste debería ser declarado y los impuestos de internación pagados. Y recuerdo los enormes abusos cometidos  contra los repatriados, a quienes no se les deja introducir siquiera su ropa usada.  

En el viaje compartí asiento con una persona amable con la que terminé charlando. Esta persona, joven, llena de entusiasmo, me contó que estaba creando una nueva empresa, que ella diseñaba un cierto tipo de vestimenta, que la mandaba hacer a Brasil y que luego la iba a recoger.  Le pregunté si no era mejor mandar a hacer la ropa en Bolivia y me contestó que le salía más caro.

Me quedé pensando, no en Enatex que tenía otro tipo de problemas, sino en la inmensa cantidad de pequeñas industrias textiles que han ido cerrando en los últimos años. La combinación es diabólica: un Gobierno hostil con la empresa privada, segundo aguinaldo incluido,  un Estado débil que no puede y, eventualmente, no quiere controlar sus fronteras,  y el paquete está completo. El desempleo sube y se arma el círculo vicioso: es más rentable, y más fácil, comerciar o contrabandear que producir. Eso, lo sabía desde antes, pero se ilustra mejor en una charla de bus con un protagonista en el extremo oriente boliviano.

Agustín Echalar Ascarrunz
 es operador de turismo.

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