La curva recta

De sol, de frío y de Año Nuevo

domingo, 26 de junio de 2016 · 00:00
He pasado por las inmediaciones de Tiwanaku el martes 21 por la mañana y el frío era bíblico o, si se quiere, pachamámico. De pronto me vino a la mente el festejo del Día del Padre que fue instituido por los productores de camisas hace algunas décadas y que se ha convertido en una fecha importante en los calendarios familiares hoy en día. Asocié ideas y viendo a los coches que emprendían el retorno desde las ancestrales ruinas hacia La Paz, se me aclaró todo: claro, fomentando una ida a ver la salida del sol, uno de los días más fríos del año, los grandes beneficiarios son las industrias farmacéuticas, las que venden antigripales y otras vainas. ¿Será la empresa boliviana más grande del rubro, que de paso tiene el nombre del dios sol en quechua?  ¿Serán los chilenos de Eleche que inundan el mercado local? Me he preguntado, pero parece ser que el asunto va por otro lado. 
 
Congelarse gratuitamente en una salida de sol me parece tan absurdo como hacerlo en una fogata el 23 de junio, en las alturas paceñas, como era antes de que se prohibiera ese festejo por razones ecológicas. Otra cosa es hacer una fogata en el Mediterráneo en junio.  
 
Tampoco crea usted, estimado lector, que tengo una gran predilección por los festejos de Navidad y Año Nuevo. En el primero, el estrés emotivo y el comercial lo arruinan todo, y en el otro, eso de festejar y tener que sentirse feliz en una fecha determinada va contra mi espíritu caótico e individualista.
 
Pero el festejo del Año Nuevo aymara me tiene más molesto. No sólo por el frío, a fin de cuentas cada quien tiene derecho de congelarse como le dé la gana, sino porque se trata de un invento burdo que no se sostiene bajo ningún punto de vista, peor aún en las centenarias o, si se quiere, milenarias ruinas de Tiwanaku. 
 
En primer lugar, es obvio que lo de los 5524 años no va ni multiplicando. En segundo lugar, lo más curioso es que los primeros rayos de sol no iluminan en Tiwanaku, ni la entrada del Kalasasaya, ni el frontis de  la Puerta del Sol, que, dicho sea de paso, tampoco se sabe dónde estaba colocada originalmente. 
 
Algunos formadores de opinión han recordado a la gente de las redes sociales que todas las tradiciones son inventadas y eso es verdad, pero las inventadas hace más de  mil años lo fueron en una época en que la racionalidad casi no existía. Hoy no deja de ser una grave impostura el inventar tradiciones ancestrales y el seguir la corriente a los imaginativos puede tener consecuencias insospechadas. Piense usted en la última evada del señor Presidente, que ahora pretende cambiar  el calendario actual que se usa en todo el planeta por uno hecho a medida. 
 
Pero hay algo más, esto es parte de la impostura a la que nos ha acostumbrado este Gobierno, parte del enmarañado de las inverdades que incluyen al Vicepresidente con cara de licenciado en matemáticas, al certificado de nacimiento de un niño que no nació, a los 36 idiomas oficiales que  no son más que un saludo a la bandera, a la Aduana que no logra controlar ninguna frontera, a la coca que pasa de ser sagrada a ser muy valiosa sin que nadie identifique a los autores de esa magia. 
 
No deberíamos tener nada en contra de que se creen  nuevos símbolos que rescaten el acervo indígena de nuestro país, pero hay que hacerlo con honestidad y seriedad. Sabiendo que es imposible que el ciclo agrícola comience en el altiplano boliviano a mediados de junio, sabiendo que no había nada parecido a un colectivo aymara hace 5.500 años, sabiendo que si hubo una fecha especial en ese conjunto de templos, que hoy llamamos Tiwanaku, ésta, definitivamente, no pudo ser el 21 de junio y, eventualmente, no tuvo nada que ver con la salida del sol.  Lo penoso es que con un poco de investigación rigurosa se podría hacer algo que no sea una impostura barata.
 
Se puede escoger una fecha y crear una ritualidad, eso es válido, y  se puede enseñar en una universidad sin tener un título académico, eso también es válido, lo importante es no mentir, no decir una cosa por otra.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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