La curva recta

Ser feliz y documentado

domingo, 10 de julio de 2016 · 00:00

Hace unos 20 años, al recabar un nuevo carnet de identidad, quise que en profesión pusieran "diletante”, que es como me he sentido la mayor parte de mi vida. Pero, obviamente, no me hicieron caso. Luego exigí que se me ponga labores de casa, aduciendo que tendía mi cama cada día, y lo logré. Pasado el tiempo, cuando el asunto se computarizó, ya no pude seguir con ese honorable denominativo, porque el sistema era tremendamente sexista y no admitía hombres que se dedicaran a algo tan femenino.

Mi actual carnet reza "escri - tor”. Para que colocaran eso he tenido que demostrar al jefe de la sección de turno (eso en tiempos pre SEGIP), que he publicado un par de libros.

El asunto es que yo no quería que mi documento diga una mentira, llamarme estudiante, no estando inscrito en ningún centro de estudios, o empleado, no estando en ninguna planilla.

Me molestaba simplemente porque no era verdad.

La semana se ha visto alborotada porque el SEGIP ha presentado un prototipo del nuevo carnet y muchos han echado el grito al cielo. Hay quienes han interpretado la supresión del dato de la profesión como un apoyo al Vicepresidente, que entró en aguas turbias al tratar de explicar por qué se había hecho poner Licenciado en Matemáticas cuando no lo es. Pero la verdad es que el anular el asunto de la profesión en un carnet de identidad parece sensato. En primer lugar porque es una categoría que atinge a una muy pequeña porción de la población y no tiene la menor importancia a la hora de identificar a alguien.

Respecto al estado civil, la opción es un poco más complicada.

Ese dato podría allanar muchos pasos a la hora de hacer trámites bancarios, por ejemplo, y es que si éste no está reflejado en el carnet estas instituciones tendrán que recurrir a otras instancias para asegurarse del estado civil de la persona, algo importante cuando de patrimonio se trata.

La ocurrencia de poner la filiación étnica (raza, la llamaban antes) no deja de parecer un gran anacronismo y siendo que no puede tener ninguna implicación, no deja de ser un detalle folklórico que, aunque no hace daño, tal vez no merecería ser incluido. No conozco un país moderno que lo tenga en un documento de identidad. Sin embargo, considerando que uno de los pilares de este mal llamado proceso de cambio ha sido la revalorización de lo originario, no se trata de una incongruencia.

Respecto a la gente que no se identifica con una etnia, el espacio vacío no es una desventaja. Vale la pena recordar que los españoles del Alto Perú renunciaron inteligentemente a su gentilicio a fin de afianzar la nueva nacionalidad. Sucedió en forma abrupta, inmediatamente después de la Independencia, y hubo, seguramente, mucho oportunismo de por medio, pero también hubo un cálculo inteligente para la creación de la nueva sociedad. Las cejas levantadas y los aspavientos respecto al nuevo carnet de identidad son exagerados.

Los ciudadanos no deberíamos ser tan susceptibles, a pesar de estar en manos de un partido que es el súmmum de la impostura.

Pero hay temas más pedestres y más serios que deberían ser tomados en cuenta a la hora de diseñar una nueva cédula de identidad. Empecemos por lo primero: lo ideal sería que todos los datos aparezcan a un solo lado de la tarjeta.

El motivo es muy simple, para facilitar el eterno fotocopiado del que no nos vamos a liberar por mucho tiempo. Por ese mismo motivo, los colores utilizados deben ser de fondo claro, y letras oscuras, lo demás es lo de menos.

Segundo, darle más seriedad a los datos que aparecen en el documento. Si se coloca la dirección, ésta debe ser la verdadera; si alguien cambia de domicilio se debería cambiar ese dato en un lapso de pocos días. Además, debería haber espacio para dos domicilios, algo usual en ciertos sectores de la población. A veces los detalles intrascendentes son más importantes que ciertas categorías de corte filosófico.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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