La curva recta

De bloqueos y turismo

domingo, 28 de agosto de 2016 · 00:00
Quienes siguen esta columna saben que la firmo como un operador de turismo, que es uno de mis oficios alimenticios, como diría Mario Vargas Llosa. Me he dedicado al turismo en distintas oportunidades y desde distintos espacios en los últimos treinta años. Hace unas décadas tuve una pequeña agencia de turismo receptivo, esta colapsó junto con la "larga noche neoliberal”.
 
El 17 de octubre del año 2003 , yo debía recibir un grupo de turistas que había promocionado  en marzo del mismo año en la feria de Berlín. El 16 tuve que tomar la decisión de cancelar el viaje, aunque el 18 de octubre las cosas en Bolivia prácticamente se normalizaron. El perjuicio económico y de imagen que tuve no lo pude recuperar y me dediqué a hacer viajes para una empresa alemana, fundamentalmente por el Perú. 
 
 Este año, un sobrino mío me sugirió organizar un viaje para los familiares de su enamorada que estaban interesados en conocer Bolivia, lo hice con gusto, por el vínculo familiar, pero con la esperanza de poder ver si esta actividad podría después de tantos años retomarse. 
 
Y bien, terminé varado en Uyuni con un grupo de 14 personas, porque aunque hay unas bellas carreteras  asfaltadas que unen el Salar tanto con La Paz como con Potosí y Sucre, estas no pueden ser utilizadas porque están bloqueadas.
 
Doce años después me vuelven las sensaciones de impotencia de ese octubre que para mí fue más negro aún y pienso en nuestro terrible destino. En la maldición de los minerales que nos impide ver más allá de las ganancias que éstos producen en la época de las vacas gordas, y en una mentalidad generada a lo largo de siglos de  explotación y angurria que nos hace miserables no sólo en lo material sino en otros niveles, como se ha demostrado con el brutal asesinato de un Viceministro.
 
Detesto y no justifico los bloqueos, aunque estos ayuden a debilitar la figura del dictador en ciernes que tenemos en la plaza Murillo. De hecho, mi aversión a don Evo Morales es que él fue, antes de ser el señor de las canchitas de fútbol, ante todo el señor de los bloqueos que asfixiaron a un país que estaba tratando de aprender a vivir lejos de la sola producción de materias primas.
 
Esta semana siento en carne propia el peso del destino, ¿turismo en Bolivia? No me haga reír, o llorar, ¿cómo se puede promocionar un destino turístico tan impredecible? 
 
Gracias al pequeño aeropuerto de Uyuni, podremos salir de aquí, pero con un presupuesto que no había sido calculado originalmente. En este caso es un asunto privado, se arregla con relativa facilidad, pero en el mundo del turismo real, ¿tiene el operador que calcular de antemano un escape por avión para ir por tierra a Uyuni, o tiene el agente de viajes que sacar de su bolsillo esta situación o avisar a sus clientes que si va a Bolivia no se pueden hacer cálculos exactos de cuánto costará el viaje? ¿Habrá alguna compañía aseguradora dispuesta a correr con el riesgo de convulsión social en Bolivia, con una prima razonable?
 
¿Se puede culpar al gobierno de esto? Lo peor es que no necesariamente,  el problema es la legitimación que se ha hecho de formas de reclamo que perjudican a todos,  una especie de anomia latente en la que estamos sumergidos.  ¿Qué hacer? En estos momentos creo que nada es la respuesta, y es una respuesta horrible y condenatoria.
 
Es una pena que las millonarias inversiones de carreteras asfaltadas que hace veinte años no podían ser imaginadas ni en los más alucinantes sueños, no logren sacarnos del círculo vicioso de una inestabilidad que no permite un crecimiento real.

Agustín Echalar es operador de turismo.
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