El mar y cosas que lo rodean

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domingo, 25 de marzo de 2018 · 00:48

No soy la persona más indicada para opinar respecto al juicio que está teniendo lugar en el Palacio de la Paz en La Haya, principalmente porque ese es un tema que no me conmueve y precisamente por eso, tampoco lo entiendo o, por lo menos, no lo puedo ver con los ojos con los que supuestamente lo ve la más grande mayoría de los bolivianos.

Por supuesto que más allá de toda consideración, como boliviano, sólo puedo alegrarme de los puntos que sumen a la causa boliviana, aunque hasta por sentido deportivo no deje de admirar algunas de las aserciones de los contrincantes.

El espectáculo jurídico se ha llevado a cabo dentro de algunos parámetros muy interesantes. Bolivia ha demostrado unidad, diversidad y hasta algo que contradice el discurso gubernamental; vale decir, el respeto a la república no sólo oligarca y neoliberal, sino inclusive a la dictatorial; en resumen, a lo que verdaderamente es nuestro país que, como sabemos, aunque así se lo pretenda, no surgió el 22 de enero de 2006, sino que es la continuidad de una historia llena de claroscuros, como es la historia de cualquier país y de cualquier persona que valga la pena recordar y contar.

Ese detalle no es menor y debe ser reiterado una y otra vez, porque el discurso político del actual régimen y su cosmovisión chuta deben ser puestos en evidencia y descartados. De eso depende en gran medida el futuro de Bolivia, con o sin mar.

Lo variopinto de la barra boliviana en ese tribunal no ha dejado de tener un touch simpático de lo que pretende ser el Estado Plurinacional, pero no deja de llamar la atención que los verdaderos protagonistas de la jornada hayan sido europeos. Eso tenía su lógica, se contrató a un grupo de abogados de alto nivel y especializados, pero no deja, en el mundo de los símbolos, de ser un gesto absolutamente colonial (visto desde la perspectiva de la gente del MAS).

El gran ausente en esta cita ha sido el excanciller David Choquehuanca, indígena, de ascendencia ligada a una panaca incaica, pero, ante todo, el canciller que más tiempo duró en el cargo desde que hubo un Ministerio de Relaciones Exteriores y, para colmo, bajo cuya batuta se inició la demanda en La Haya. 

Su ausencia hace presencia -como diría Tamayo- porque pone en evidencia una serie de interesantes detalles dentro de lo que está pasando en el Gobierno. Por un lado, se podría vislumbrar el triunfo del sector k’hara de la administración sobre el sector más indígena; por el otro lado, vale recordar que en realidad Choquehuanca fue siempre obviado en las momentos clave de la política exterior boliviana, tanto en relación a la expulsión del entonces embajador Goldberg, como cuando Evo cambió de rumbo, de la noche a la mañana, el manejo de las relaciones con Chile.

Es posible que el canciller de las arrugas de las ancianas y las piedras con género  en realidad nunca fue importante y por eso mismo esta vez fue simplemente dejado de lado.

Quienes saben de eso dicen que la argumentación de Bolivia fue impecable, pero no se puede asegurar lo mismo de un par de gestos simbólicos que ponen en riesgo esa estrategia. Me refiero a la entonación del famoso Himno del mar, que por más emotivo que sea, debería ser obviado en estas circunstancias, y a los irresponsables tuits del señor Presidente, que en algún caso le han hecho el juego a la argumentación chilena.

La semana pasada ha sido una semana muy salada ya de por sí por el tema del mar. A esto se han añadido las lágrimas del abogado Brotóns que, tengo que confesar, no sólo no me han podido conmover, sino que me han hecho sentir incómodo, como cuando alguien se hace de dolores ajenos.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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