La curva recta

De hipersexualización y otros absurdos

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domingo, 29 de abril de 2018 · 00:06

La semana pasada, el Concejo Municipal de La Paz ha dado a luz una normativa que pretende proteger a los niños y a los adolescentes de la “hipersexualización” en actividades como concursos de belleza, desfiles de modas y hasta en fiestas folklóricas.

Los concursos de belleza son bastante absurdos y lo son más aquellos organizados para que participen niños; sin embargo, la gente adulta tiene el derecho de divertirse y distraerse de la manera que mejor le plazca, aún haciendo u organizando tonteras. Por lo demás, un desfile de modas de niños o un concurso de belleza dirigido a éstos no pueden ser asociados, al menos siguiendo un pensamiento lógico, con la vulneración a los derechos y a la integridad de los mismos. 

Pero posiblemente lo que más puede preocupar de la norma que está por entrar en vigencia es que lo que condena es un comportamiento completamente vago. ¿Qué es hipersexualización? La palabra no está siquiera en los diccionarios y aunque lo estuviera, no adelantaría mucho, precisamente por su imprecisión. Todo aspecto de lo humano puede ser visto como sexual.

En ciertos países, con legislaturas proclives a cuidar el pudor de las personas, se prohíbe que los hombres muestren sus codos, porque la piel de éstos se asemeja a la del escroto e invita al pecado; en el otro extremo, entre las especialidades “kink”, de la escena sexual berlinesa, están los adultos disfrazados precisamente de escolares uniformados a la inglesa. Por el otro lado, el nudismo total y en familia puede no tener otra cosa que frescura e inocencia. 

El problema es que la palabreja “hipersexualización” se parece demasiado al término “libertinaje” que, como sabemos, no puede ser verdaderamente diferenciado del significado de “libertad” y ahí entramos en arenas movedizas.

Lo que preocupa respecto a la norma que se está poniendo en vigencia es que a partir de la genuina preocupación por el bienestar emocional de los niños, se esté estructurando un sistema de coerción a la libertad de las personas, específicamente en lo que respecta a uno de los espacios más importantes de la vida de los individuos y de las sociedades:  la sexualidad. 

El ser humano es un ser sexual y querer regular o prohibir esas expresiones puede resultar no sólo en un retroceso en cuanto a las batallas ganadas a lo largo del siglo XX, sino que puede llevarnos a una “neovictorianización” de la sociedad que, para colmo, no serviría de nada más que para consolidar las formas sociales hipócritas que llevan lo sexual a los espacios más alejados y poco iluminados, y que finalmente vulnerabilizan aún más a las personas más débiles de la sociedad.

La norma tiene además su lado absurdo, porque estamos llegando al extremo de que se prohíba que una niña sea disfrazada de Madonna o de Shakira; o a un niño  de John Travolta en Grease; pero no a un niño disfrazado de militar, con la cara pintada y todo. Se prohíben los concursos de belleza, pero no los desfiles militares de niños trajeados no sólo con uniformes camuflados, sino con las caras embadurnadas, listos para ir al asalto, hasta con tanquetas.  ( Y aclaro, por más ridículos y horribles que me puedan parecer esos disfraces, nunca se me pasaría por la mente el prohibirlos).

Si el municipio está preocupado por la integridad y la seguridad de los niños, es posible que debería empezar por otros caminos, me refiero, en primer lugar, por supuesto, por la educación, que es el único camino para lograr una  genuina ponderación a los valores superficiales (pero no imprescindibles) de la belleza física, que es parte de esa (híper) sexualización. 

La norma que ha sido aprobada la semana pasada es vaga, innecesaria y además difícil de ser cumplida. Y es no sólo un saludo a la pacatería, sino un genuino riesgo a la libertad de las personas, puesto que en nombre de un bien universal, el cuidado moral de los niños  podría imponer visiones de mundo de las que la sociedad moderna se ha emancipado con mucho esfuerzo. Para colmo, atacará indirectamente a los más vulnerables de la sociedad, porque abre puertas insospechadas de intolerancia e irrespeto. Es además tremendamente demagógica.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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