La curva recta

Marchando contra los tiempos modernos

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domingo, 08 de julio de 2018 · 00:06

La semana pasada ha estado entre picante y folklórica gracias al ciudadano Vera, quien ha convocado a una marcha homofóbica en la ciudad que quiere hacerse pasar por “Capital cultural” (no sé si de Latinoamérica o del mundo). El presidente de la Federación de Juntas Vecinales afines al MAS ha hecho un papelón de dimensiones dantescas, tanto para el consumo interno como para la exportación. Ha demostrado que es un hombre profundamente ignorante, que no entiende enunciados simples. En realidad, nos ha hecho reír con eso de que se reconoce a los homosexuales y ramas afines, pero que no se les reconoce derechos. 

 Después de las aseveraciones que hizo ante un reportero de un canal paceño, que se han hecho virales, el pobre hombre debería simplemente renunciar y ocultarse. Por lo demás, tal parece que la movilización que organizó no tuvo una concurrencia muy grande. Si de algo sirvió fue tal vez para crearle simpatías al Alcalde de La Paz y para demostrar el carácter ultramontano que pueden tener personas y colectivos que son vistos con indulgencia por ingenuos observadores foráneos.

 Ahora bien, más allá de la supina ignorancia del señor Vera y más allá de una actitud política de confrontación entre el gobierno central y el municipal, lo cierto es que la sociedad boliviana es una sociedad homofóbica, tradicional y tributaria de valores arcaicos, tanto desde su vertiente judeocristina, como posiblemente desde el mundo andino. Cieza de León, en su crónica, resalta reiteradamente que no encuentra signos del “pecado nefando”, casi por ningún lado.

 La aceptación y la normalización de la homosexualidad y las variantes que entran dentro de lo “ LGBT ” son parte del repertorio de la modernidad, y van acompañadas de la globalización y de la revolución en la información gracias al internet. 

 Bolivia vive en estos tiempos una suerte de bipolarismo cultural: trata de revalorizar las formas culturales prehispánicas, pretende ser descolonizante y, sin embargo, se inserta en la modernidad y en las influencias globales de una manera que no tiene precedentes. Sucede en los más variados campos, empezando por la construcción de un edificio a la norteamericana para albergar al poder central. 

La modernidad, el siglo XX y el siglo XXI son de un cambio radical en el comportamiento sexual de las personas.  Aún en sociedades modernas es posible que hace 70 o 60 años, muchas mujeres hubieran llegado a su noche de bodas sin saber lo que les esperaba en el lecho. La toma de conciencia de la sexualidad, la aceptación de que el placer es parte importante en la vida de las personas, la desmitificación de los tabúes sexuales  llevaron a entender la vida de una manera diferente. 

 Paralelamente, el conocimiento científico ha permitido entender el funcionamiento de la sexualidad humana. De la prohibición religiosa  se pasó a la prohibición legal; del pecado a la degeneración. Luego, en el camino, se tildó a la homosexualidad como una enfermedad, extremo que también ha sido superado y no por razones filosóficas, sino científicas.  Finalmente, estamos viviendo los maravillosos tiempos de la aceptación de características diferentes y, por ende, su normalización.

 La batalla por quedarse en el pasado es una batalla perdida, no sólo porque ese pasado era tremendamente injusto para las personas que sentían en forma diferente respecto a lo que les producía placer y felicidad, sino porque para lograrlo sería imperativo deshacerse de los contactos usuales con el mundo de afuera. 

 Causan pena los ingenuos que vociferan el  “¡con mis hijos no te metas!” y no les retiran a sus hijos todo acceso a las redes. ¿Creerán que pueden proteger a sus hijos de eso que ellos creen que son anormalidades? 

 El mundo nuevo es un mundo con mucha libertad sexual, con mucho homosexualismo y bisexualismo, y con mucho respeto a las personas que, sin hacer daño al otro, buscan el placer y la felicidad a su manera.  Ese es un desafío enorme para los padres de familia, para el Estado y para las iglesias, empezando por la Católica, que tiene que aggiornarse, además porque a nadie le asusta hoy en día una excomunión. 

Ukamau (así nomás es), se diría en aymara.
 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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