Sobre religión y política

domingo, 10 de noviembre de 2019 · 00:12

Como dice Jorge Patiño en un artículo publicado en este periódico la semana pasada, el intento de fraude del MAS no puede ser visto como una sorpresa y lo que si puede serlo es el surgimiento del fenómeno Chi, que ha dejado muy preocupados a muchos, y tal vez equivocadamente felices a otros tantos.

La principal crítica que hay hacia el pastor que nos ha dejado con los ojos bien abiertos es casi genérica: “No se debe mezclar la religión con la política”.  El nuestro es, en cuanto Estado moderno, un Estado laico, las creencias religiosas no tienen espacio en la vida pública de los países. 

Aunque lo arriba expresado parece muy sensato y tal vez lo sea, lo cierto es que históricamente la política, y la religión han sido casi lo mismo; la diferencia ha sido que a lo largo de los siglos, la política/religión ha ido siendo más tolerante e incluso más respetuosa hacia los otros, y gracias a eso el mundo se ha convertido en un espacio más vivible, y más justo.

Para sustentar lo que he escrito en el párrafo anterior basta hacer una mirada de la historia del mundo occidental y recordar que todos los episodios importantes de esa parte del mundo estuvieron ligados a la religión, aun los que no parecen así. Incluyendo la conquista de estas tierras, allá por el 1532, que se hizo Biblia en mano y que implicó la derrota de otro caballero que se creía dios, y en serio. 

Esta impronta de la humanidad que traiciona hasta a los que parecieran más agnósticos, anticlericales e incluso ateos, pensemos en las características de regímenes comunistas que suplantaron una deidad etérea por una de carne y hueso, o pensemos en la actualidad, que a nombre de una diosa bastante devaluada, la tal Pachamama, se armó una de las políticas más impostoras de todos los tiempos.

Uno podría decir que en realidad no podemos escapar de la religión o de la ideología a la hora de armar nuestras sociedades, pero lo que tenemos que hacer es tratar de que ese componente no sea fundamentalista, ni sea brutal y que respete los derechos de las personas. 

El pastor Chi no es un representante de esa línea; todo lo contrario, es un personaje peligroso, no porque sea religioso, sino porque personifica una visión de mundo profundamente anticuada e injusta, porque reivindica formas y valores de hace miles de años, comportamientos de un tiempo en que a falta de ciencia el ser humano requería de dogmas y tabúes para sobrevivir. 

El cristianismo no fue un mal episodio en la historia de la humanidad, en parte porque en su momento fue una propuesta moderna, tanto en tiempos de Constantino como en los de Atahuallpa y Pizarro. 

Tributarios de esa corriente, de esa religión, son el humanismo y el feminismo, más allá de las discrepancias que pudieran tener con el tronco. 

El problema con el pastor Chi es que él sintoniza con una buena parte de la población boliviana que es conservadora y pacata, y su discurso, si es tomado en serio y es llevado al ámbito de un Poder Legislativo, o peor, aún Ejecutivo, podría causar grandes daños en el avance hacia los derechos de las personas, en especial en lo que refiere a la libertad sexual de éstas.

Luego que pase la tormenta, que esperemos nos sea leve, cuando la pesadilla de un Evo (o cualquier otro)  eternizado en el poder ya no sea otra cosa que un mal recuerdo, tocará ocuparse de este tipo de corrientes que también ponen en peligro la democracia, que de alguna manera es la religión actual, pero que es una religión más potable, precisamente porque incluye el respeto a los diferentes y a los más débiles. 

Esperemos que las formas democráticas no nos jueguen la misma mala pasada que hemos tenido que soportar con el llamado proceso de cambio. Y que Chi no sea más que una chiste de mal gusto de esta amarga primavera boliviana tardía.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo

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