Agustín Echalar Ascarrunz

El exiliado antidemocrático y sus huestes

domingo, 24 de noviembre de 2019 · 00:11

El martes pasado pudo haber tenido lugar una tragedia de dimensiones mayores si es que se producía una explosión en la planta de Senkata. Los autores son gente del MAS adicta al expresidente Evo Morales,  y han actuado con una irresponsabilidad  y un irrespeto a la vida, que merecía mínimamente un comunicado de repudio del exiliado más famoso que ha tenido Bolivia jamás. 

Aunque hay quienes ven en este hecho algo más que un acto irreflexivo de las hordas y califican al mismo con cierta razón, gracias a innumerables indicios, como un acto de terrorismo dirigido desde las tierras aztecas, lo cierto es que ese extremo debe ser investigado y comprobado. Eso no interfiere con lo que se podría esperar de un líder político, insisto, una clara condena a ese tipo de acciones.

El solo silencio de Evo al respecto basta para pintarlo como lo que es: un despreciable actor político que está obnubilado con el poder y que no tiene el menor apego ni a la ley ni a la democracia.

Lo malo es que eso lo supimos desde siempre y un porcentaje importante de los bolivianos votaron, en varias oportunidades, por alguien que por su historia, por su discurso, y por su accionar, descreía del sistema democrático. 

El episodio del martes pasado es el último de los hitos que comenzó con la idea (y la acción) de que se puede bloquear un país entero para garantizar el derecho de un grupo de campesinos a producir y vender materia prima para la fabricación de estupefacientes.

El MAS es un partido político, o lo que sea, que desde un principio se inspiró en lo último que quedaba del mundo soviético, luego de la caída del Muro, y jamás sintió verdadero apego por las formas democráticas.  La ruta autoritaria del accionar del MAS, ya como partido gobernante, era evidente al promover y luego sancionar una Constitución que podía ser modificada en forma relámpago a partir de un referendo. 

El truco para modificar la Constitución que sólo permitía una reelección estuvo ahí desde el primer día que tuvo vigencia la Carta Magna. Cuando en 2016 los del  Gobierno pusieron en marcha el segundo paso, la cosa les salió mal, en parte gracias al affaire Zapata (quien dicho sea de paso, merecería ser revisitada estos días en la cárcel de Miraflores), el desprecio a la Constitución, la inaceptable jugada del derecho humano a la reelección, no podían, sino, culminar en el fraude probado.

Y ahora, en este nuevo capítulo sangriento, de quien hallado en la mayor de las faltas que puede cometer un Presidente, pretende aún volver a la horrenda y sobrepreciada torre que se ha mandado construir. 

Lo que espanta, más allá del turbio y doloroso escenario coyuntural, es que vivimos en un país en el que el 40% de sus habitantes no se inmutan ante un presidente que viola la Constitución y no se trata (sólo) de ignorancia, hay personas de una gran formación que piensan igual, algo que por lo que vemos a nivel internacional, por los apoyos que anda cosechando el sátrapa en exilio, se da a nivel global.

Las acciones cometidas por los acólitos de Evo Morales a lo largo de la semana que acaba de terminar son una muestra del tipo de tensiones que nos esperan en la Bolivia pos-Evo, independientemente de quién gane las elecciones y si éstas tienen lugar en el término de tiempo esperado, o se alargan debido a imposibilidades burocráticas. 

Mientras tanto, las amenazas y eventualmente las órdenes de Evo de estrangular a las ciudades, que tienen un componente claramente genocida, no están llegando a extremos, pero han dificultado y encarecido enormemente la vida de la gente en La Paz. Una vez más, los más pobres, los más desfavorecidos, los informales, son los que están sufriendo más. No deja de ser indignante que ese sufrimiento sea un acto reivindicativo de alguien que robó y mintió. Que no sólo se estornudó en la Constitución, sino en el famoso (aunque dudoso) ama sua, ama llulla, y ama qhella.
 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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