Agustín Echalar Ascarrunz

Despidiendo a Evo

domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:10

La caída de Evo nos ha agarrado, tanto a sus acólitos como a quienes no simpatizamos con él, de sorpresa;  y seguramente el mayor sorprendido es él mismo, que tal vez todavía no puede entender qué está haciendo allí, lejos de su inmensa torre, de sus helicópteros, de su avión de 38 millones de dólares y de su más inmensa corte de zalameros, quienes son, a fin de cuentas, los artífices de su estrepitosa bajada. Debe extrañar las largas jornadas de fútbol e inauguraciones y debe estar sufriendo la soledad, que en su caso es posiblemente más dura, porque estar con él mismo no debe ser nada gratificante. 

Aunque este tipo de situaciones invitan a la compasión, en el caso de Evo es difícil sentirla, porque desde su exilio parece ser que no ha dejado de pretender intervenir en la vida pública del país, algo a lo que él ya no tiene derecho; al menos mientras no expíe la culpa de haber cometido, por lo menos, el gran delito de haber violentado la Constitución para su beneficio;  el haber hecho fraude y, para colmo, incitar a la violencia de una manera tan irresponsable, que se asemeja demasiado al crimen. 

Cabe recalcar que si la grabación que ha sido mostrada por el Gobierno fuera falsa, Evo debería no sólo denunciar su falsedad, sino expresar claramente su desacuerdo con lo que ésta propugna. De la misma manera que era su deber condenar el intento de toma violenta del depósito de carburantes de Senkata.  

Pero las culpas del exmandatario no quedan ahí. En su accionar de este último tiempo están también las enormes injusticias cometidas contra personas que no estaban de su lado, que le eran incómodas, que le antipatizaban, o que simplemente se cruzaron en el camino de los masistas en el momento inadecuado. Algunas de estas injusticias incluyeron la muerte de esas personas. 

En un Estado de derecho jamás pudo haberse permitido un caso como la ejecución extrajudicial del Hotel Las Américas y eso sucedió muy al inicio del gobierno de Evo. La retardación de justicia cometida a lo largo de 10 años con las personas que fueron involucradas en ese caso, es un hecho de extrema gravedad. 

Las injusticias no quedaron sólo con los enemigos políticos del régimen, sino que para darle una cara legal a estas canalladas, el Gobierno estructuró un sistema que terminó haciendo peligrosa la vida de cualquier ciudadano. El ejemplo más claro de esta situación es el caso del doctor Jhiery Fernández, acusado y condenado por el caso del niño Alexander, quien fue víctima de una maraña de complicidades que llegaba hasta la Fiscalía General y al mismísimo Ministro de Justicia. 

Cuando la verdad se develó, no gracias a algún intento por hacer justicia, sino a la borrachera de la vil jueza, el doctor Fernández fue liberado de la cárcel, pero el juicio sigue y  el injustamente condenado de entonces sigue teniendo que presentarse regularmente ante un juzgado. El Fiscal General, bajo cuya protección tuvo lugar toda esa aberración, terminó premiado con un cargo diplomático. 

El Gobierno actual tiene como función principal llamar a nuevas elecciones, pero tiene la obligación de acelerar los temas de (in)justicia y tiene, además, que tratar de desarmar lo antes posible todo el andamiaje de prebendas y de negociados que ha sido parte importante del sistema masista. El trabajo es arduo e importante y no debe ser confundido con una revancha.

El mundo evístico debe ser desarmado porque es una deformación de la democracia, inclusive en términos simbólicos. 

El culto a la personalidad, que fue extremo a lo largo de estos 14 años, debe ser erradicado y se tiene que entender y subrayar que eso no tiene absolutamente nada que ver con la pertenencia étnica del expresidente, sino que es un rechazo al abuso de poder en todas sus formas.  

 

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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