Agustín Echalar Ascarrunz

Sobre el supuesto golpe

domingo, 15 de diciembre de 2019 · 00:11

Más allá de que el genuino golpe a la democracia fue aquel que se dio al aceptar la candidatura de Evo Morales y Álvaro García, con el argumento de que era un derecho humano suyo el postularse,  aunque eso estuviera expresamente prohibido en la Constitución  y reprohibido gracias a un referéndum,  no dejan de escucharse las voces que quieren ver en lo acontecido el 10 de noviembre pasado como un golpe de Estado.

 Dicen que es un golpe de Estado porque fue el Comandante en Jefe de la Fuerzas Armadas el que sugirió a Evo que debería renunciar. Y podemos coincidir en que una sugerencia puede ser también una advertencia, o una orden, pero llama la atención, de todos modos, que quien por 14 años no aceptó ninguna crítica, ninguna sugerencia, quien se vanagloriaba diciendo que si se criticaba a sus ministros, éstos ganaban puntos a sus ojos  y si no eran criticados era porque no estaban haciendo bien su trabajo, hubiera reaccionado con tal hipersensibilidad a una “sugerencia”. Interesante que la prepotencia se le hubiera esfumado en un santiamén y hubiera obedecido sin más. 

Pero Evo no sólo renunció, sino que se fue a las volandas. Aquí toca saber también cómo es que el Gobierno mexicano fue tan ágil a la hora de ofrecerle nada menos que un avión para ir a recogerlo al medio de la (ex) selva boliviana. Quienes argumentan que se trató de un golpe deberían pensar cuál hubiera sido la situación de Evo y del país, si éste no hubiera renunciado y no se hubiera ido. 

Evo ha dicho que temía por su vida, lo cual es tal vez un exceso de susceptibilidad, pero, evidentemente, tenía que temer por su libertad luego del fraude demostrado por una instancia como es la OEA, que fue requerida, solicitada y de alguna manera contratada por el gobierno, es más, contra la opinión y postura del principal partido de oposición del momento. Evo no tenía otra opción que renunciar y merecía ser colocado inmediatamente ante la justicia. 

Llama la atención que no se tome en cuenta, para hablar de lo que sucedió aquel domingo, cuál era la verdadera situación jurídica de un presidente que había cometido un fraude de esas dimensiones. 

Los que insisten en que se trató de un golpe de Estado se dividen entre quienes tienen mucho que perder, vale decir, la cúpula del MAS y sus satélites de poder, y quienes aman a Evo de una manera metapolítica, de una manera casi religiosa; esos son, por un lado, una izquierda global que se creyó la leyenda del maravilloso Evo  y que por su filiación  democrática está dispuesta a apañar un fraude. 

Por el otro lado está una población local que no sólo ha sentido los efectos económicos positivos que se han vivido en el país en los últimos 15 años, sino que ha pasado por un amaestramiento sutil, en el que se ha deificado al ahora desdichado expresidente.

Es posible que Evo sea muy amado, pero ese amor ha requerido de una enorme inversión, de una constante propaganda, que no ha cesado desde antes de que él se convirtiera en el último presidente de la República de Bolivia. 

 La omnipresencia de Evo, hasta en los más nimios detalles, puede haber sido una patada en el hígado para muchos bolivianos con espíritu republicano, pero respondía a una clientela que se identificaba con él, penosamente por motivos étnicos, como si ese fuese un gran motivo para identificarse políticamente con alguien. 

Esos quienes aman a Evo, o quienes lo amaron, están en un serio problema, porque si el ser amado resultó siendo un truhán; si el dios adorado resultó teniendo los pies de barro, el mundo propio, las certezas desaparecen  y nada que pueda ser mejor bienvenido, o que se pueda redimir a ese dios desfigurado, a ese padre convertido en canalla. Todos desean que eso sea mentira, que alguien más malo le hubiera tendido una trampa. 

Va a ser muy difícil luchar contra la idea de que fue un golpe de Estado, no porque estuvo ahí la sugerencia de Kaliman, sino porque es difícil luchar contra un asunto de fe, contra la necesidad que tienen muchos, por cálculo político, o por simple devoción, de que sí lo fue. Como si eso salvara la responsabilidad del presidente fraudulento.

 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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