La curva recta

De Chile con (des) amor

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domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:10

Las relaciones entre Chile y Bolivia han sido extremadamente complejas. Las heridas de la Guerra del Pacífico han sido restregadas de manera constante a este lado de los Ande: el Servicio Militar, las horas cívicas y ciertos discursos encendidos han logrado que el amor a la patria incluya una porcioncita de odio al enemigo de entonces. Los eventos de El Alto, en octubre del 2003, se explican también debido al uso de ese sentimiento tan arraigado (no sólo) en las clases populares, y que ha sido utilizado por los demagogos de turno en más de una ocasión.

Las últimas veces el antichilenismo fue utilizado, primero, para disminuir el efecto del gasolinazo de fin de año en 2012 y, luego, para atacar a un periodista de fuste, como es Raúl Peñaranda, quien es uno de los críticos más consecuentes y serios al gobierno, y que tiene profundos lazos familiares con Chile, algo que desde el poder se utilizó como su talón de Aquiles. 

Lo cierto es que más allá de ese sentimiento de rechazo, como sucede en cualquier país que comparte frontera con otro, las alianzas matrimoniales entre Chile y Bolivia en las más distintas clases sociales son mucho más grandes que lo que el patriotismo local permitiría. 

Dos hijos de presidentes bolivianos se casaron con jóvenes mujeres de Chile y se habla de más de 40 familias de las llamadas “elites” que han tenido alianzas matrimoniales entre ambos países. En las clases medias y en los segmentos más populares, obviamente el número es mucho mayor, a tal extremo que tenemos el caso de la flamante presidenta del Senado, que como se ha venido a saber, no sólo tiene una madre chilena, sino que cuenta también, porque eso le asiste por derecho, con la nacionalidad del “hermanastro” país. 

La Constitución boliviana permite no sólo conservar dos nacionalidades, sino que no pone ninguna limitación a quien las tiene para ejercer algún cargo público, de ahí que -como dijo Álvaro García Linera- Adriana Salvatierra podría llegar a ser (con un poco de suerte no sólo para ella) la próxima presidenta de Bolivia. Y la primera presidenta de este país con nacionalidad chilena.

El problema es que no sólo tenemos esos (des)afectos hacia Chile, sino que precisamente el gobierno del MAS los ha exacerbado in extremis, los ha usado como estocada contra sus antagonistas políticos, como sucedió con el ya mencionado caso de Raúl Peñaranda Undurraga. 

Si los masistas tuvieran el menor rasgo de bonhomía, deberían, ya sea, ser consecuentes con su línea y pedir a Adriana que dé un paso al costado (además considerando que ella ocultó una información fundamental en su hoja de vida) o, en su defecto, acercarse a  Raúl Peñaranda a pedirle disculpas. Amanda Dávila podría hacer un mea culpa, pero eso es como pedir peras al olmo. De hecho, en lo único que son consecuentes las gentes del gobierno es en su impostura, en sus contradicciones y, bueno, en sus irrefrenables ansias por permanecer en el poder. 

La senadora Salvatierra no ha cometido un delito que tenga cárcel o que debería ser pasible a un desafuero, de hecho su situación es legal, aunque, obviamente, si algo sucede antes de que cumpla 30 años no podrá ejercer la primera magistratura del país.  Queda pendiente, sin embargo, la pregunta de por qué el “comintern” del MAS la escogió para ese tan importante puesto, y no se crea que esta es una pregunta machista.

Finalmente, queda sobre el tapete la discusión de si realmente es conveniente que alguien con dos nacionalidades llegue a ser presidente de un país. Nuestra Constitución, que lo permite, puede ser que sea muy moderna y muy avanzada o simplemente defectuosa.

 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo

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