La curva recta

Un Lamborghini en el Estado Plurinacional de Evo

domingo, 24 de febrero de 2019 · 00:06

En los últimos diez días una noticia de menor catadura ha llenado los programas de televisión, las redes sociales y las páginas de los periódicos. Me refiero al arribo de un coche deportivo de lujo que cuesta varios cientos de miles de dólares y que en un país de tradición modesta como el nuestro ha causado revuelo.

El hecho de que por más de una semana no se conociera el nombre del dueño de esa vistosa máquina ha ayudado al morbo. Mientras algunos aseguraban que su destino era con algún productor de la hoja sagrada del Chapare, otros sospechaban que podía ser de alguien del Gobierno.

A estas alturas la historia se desinfló, apareció como propietario un empresario un tanto desconocido de la ciudad de Cochabamba que tiene el suficiente dinero para darse un gusto de esas dimensiones y posiblemente ama las tuercas.  Queda sólo como duda el que lo hubiera comprado a nombre de su empresa, porque ciertamente ese objeto de lujo no tiene ninguna utilidad en una empresa como la suya (sería como comprar un diamante a nombre de la misma). Habría que preguntarse si eso hace sentido en términos  impositivos.

Quedan de esas especulaciones los residuos del barullo y esto nos puede llamar a ciertas reflexiones, y constataciones. Por un lado, está el hecho de que nunca, pero nunca, se debe confiar en una fotografía. Hemos visto al carro cruzar un río en algún paisaje tropical y eso fue sólo resultado de un fotoshop.  En efecto, el coche nunca fue al Chapare, pero no deja de quedar para los registros la aseveración de una dirigente cocalera que justificó, con vehemencia,  una eventual compra de un carro de esa naturaleza por parte de algún productor de coca.

Hay quienes han señalado lo extremadamente provinciano que resulta este aspaviento por un auto de esas características y sí, tienen razón, pero es que Bolivia no es lo suficientemente rica como para ser tan cool. No, aquí y ahora, todavía llama la atención un Lamborghini, y eso porque seguimos siendo un país pobre y porque tenemos una tradición mucho más austera,  que data de hace cientos de años, con sus ventajas y desventajas.

En Bolivia hasta los ricos, comparados con los de otras sociedades, han sido un poco pobres, pero obviamente que siempre hubo personas que se pudieron costear un Lamborghini o algo similar, pero no lo hicieron, por discreción, por modestia, por una especie de tener un poco de vergüenza de que les fuera tan bien mientras a otros les iba mal; o hasta por un inteligente sentido de sobrevivencia. Ese era el discreto encanto de la burguesía local.

Hoy las cosas han cambiado. Mientras que en el pasado se podía contar con los dedos de la mano las fortunas que pudieron construir símbolos de poder económico de a de veras, digamos Portales, La Florida, o la Glorieta, ahora  tenemos un boom de construcciones de estratos sociales emergentes, que se lanzan a mostrar sin pudor su buena fortuna, algunos con más gusto que otros. Hoy, la antigua forma social de “ser más que parecer” ha quedado en desuso. Son los nuevos tiempos.

¿Está eso mal? No, en la medida de que no se trate de dinero mal habido. ¿Tiene ese comportamiento problemas? Sí, porque la ostentación causa rencores y resentimientos. ¿Tiene ventajas? Sí, porque el consumo permite el acceso a fuentes de trabajo a muchas personas;  por lo demás,  a un niño enamorado de los autos se le puede alegrar el domingo si por casualidad puede ver un carro como el Lamborghini de marras paseando por El Prado de Cochabamba. ¿Es de buen gusto? Posiblemente no, pero el buen gusto no es algo importante para todos.

De cualquier manera, lo cierto es que estamos viviendo nuevos tiempos en la Bolivia Plurinacional de Evo. El consumo se ha disparado y la fascinación por el automóvil,  símbolo máximo del modo de vida norteamericano, ha cobrado carta de ciudadanía.  (Por suerte) el diablo no sabe para quién trabaja.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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