La curva recta

Evo, dictador…

domingo, 17 de marzo de 2019 · 00:07

La semana pasada alguien, o mejor dicho algunos, le han regalado a la mayoría de los bolivianos unos minutos de distensión y les han arrancado una sonrisa. Me refiero a ese pequeño, casi minúsculo logo con la efigie de nuestro inefable Presidente, convertido por un acto de travesura y valentía en “dictador”. Estoy seguro de que no sólo han sonreído los que antipatizan con el Gobierno, sino los masistas que no han perdido el sentido del humor, que me imagino, y espero, aún existen.

La acción de marras demuestra un acto de valentía y de esa frescura casi adolescente de cometer un acto, no sin sopesar las consecuencias; sino, a pesar de éstas, bajo la premisa de que es mejor perder un trabajo que la oportunidad de hacer una buena travesura.

Introducir una crítica directa, mordaz, y elegante al poderoso que está a punto de dejar de ser un presidente genuinamente democrático de una manera subrepticia, y al interior de una agencia del gobierno, es genial.

Pero hay algo más en el comportamiento del Presidente Evo, que no es democrático ni  republicano, y eso, desde un principio, y a lo largo de estos 13 años de sus mandatos, es ese extremo culto a la personalidad que pringa los más inverosímiles espacios públicos del nuevo, aunque ya desportillado Estado Plurinacional.

Es obvio que esa especie de fortaleza de la soledad que se ha mandado construir en Orinoca y que su poco (in)formada Ministra de Culturas ha llamado el más grande museo de América Latina”, es tal vez el espacio más costoso y más ridículo de ese comportamiento, estatua del susodicho incluida.

Pero aparte de las miles de fotografías presentes en cada oficina y sucucho que se hace pasar por oficina pública, aparte de las medallas de plata, mandadas fundir siguiendo el ejemplo de Melgarejo y de Banzer, lo que tenemos es, a lo largo de estos años, un sinnúmero de gigantografías, algunas de tamaños extremos, y algunas que también invitan a la risa, como aquella que promociona la línea blanca, que pude ser confundida con electrodomésticos o con el producto final que sale de la sagrada hoja de la coca.

Otro producto  penosísimo, hecho por una de las jefas de gabinete del Presidente, es el librito Evito y el mar, un texto que a estas alturas, luego del fiasco de La Haya, ya sólo refleja el llunkerío extremo de la triste funcionaria.

La presencia de la efigie de Evo en todos y cada uno de los vagones del teleférico de La Paz pone en evidencia, no sólo la verdadera intención de esa obra, que no deja de tener su lado faraónico y pese a la modernidad que le ha dado a esta ciudad (no tan) maravillosa, muestra en realidad un anacronismo que no se repite ni en los más antiguos países monárquicos del mundo.

No hay todavía sopa de fideos con caritas de Evo, pero en los vuelos de BoA, buena parte de los bocadillos que se reparten llevan en su envoltura la imagen del Presidente, algo que de seguro le quita el apetito a muchos, pero que a otros alegra, pensando en los miles de retratos de Evo que son echados al basurero cada día. Esa imagen resulta casi como una catarsis.

La renuncia del Director de Aasana, de tener lugar, sería un exceso. El que el Ministro de justicia opine que una renuncia no es suficiente dice muy mal del ministro en cuestión.

No puedo dejar de sentir simpatía por los irreverentes traviesos (o por una travesura del más allá), que además no hicieron daño a nadie ni ensuciaron el ornato público; y reitero mi molestia por ese andamiaje lambiscón que está asfixiando lo bueno que pudiera tener el Presidente Morales. Mientras tanto, recordemos que el humor es un arma muy efectiva contra los totalitarismos.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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