La Curva Recta

La vida exagerada de un político

domingo, 28 de abril de 2019 · 00:12

Alan García fue el presidente más joven que tuvo Perú. Fue posiblemente también el más alto, y el Presidente bajo cuyo gobierno (el primero) se dio la mayor inflación de la historia de ese país. Fue, lo dicen muchos, el Presidente que mejor hablaba, que mejores discursos dio, y, posiblemente, fue también el Presidente  bajo cuyo régimen, esta vez el segundo, el Perú tuvo no sólo el año de mayor crecimiento de su economía, sino que en su conjunto se consolidó como un país integrado a grandes mercados y exportador, no sólo de minerales, sino de grandes cantidades de productos agroindustriales.

El joven y delgado Alan García casi llevó a la ruina total a su país y aunque no se le puede culpar del terrorismo que azotó el Perú en ese periodo, no se equivocan quienes le  achacaron un mal manejo del problema que creció hasta convertirse en una situación insostenible, y que más allá de los métodos cuestionables de su sucesor, pudo ser combatido y, finalmente aniquilado, unos años después.

El Alan García maduro (y gordo, como lo describió Evo) fue exactamente lo contrario de lo que fue él mismo en su juventud y se convirtió en adalid del libre mercado, logrando, gracias a esa extraordinaria coyuntura económica internacional, un crecimiento económico y un cambio sustancial en la realidad de la inmensa mayoría de sus conciudadanos, mayor que el del proceso de cambio.

Y a pesar del enorme éxito económico de esa su gestión y pese a su buena labia, García cosechó una enorme cantidad de antagonistas, enemigos, y detractores; esto en parte a rumores de corrupción que se han ido haciendo más contundentes y comprobables gracias al caso de Odebrecht, pero en parte, también, debido a su propia sombra. Odiado por quienes se sintieron traicionados por él y desconfiado por quienes no olvidaron sus  enormes y costosas chambonadas de juventud.

Y sin embargo, si vemos la Venezuela de hoy  o a los jóvenes venezolanos desperdigados por territorio peruano, tratando de sobrevivir, de ganar algo para enviar a sus familias que quedaron en el exparaíso chavista (hace unos días encontré a una joven caraqueña vendiendo aceitunas a la vera de la carretera,  en el perdido valle del Yauca, entre Nazca y Arequipa),  de seguro que todos podrían agradecer al “caballo loco” sus servicios a la patria al haber neutralizado y, finalmente, derrotado en elecciones al hombre fuerte de Chávez de entonces. 

Una nueva característica única acompaña ahora a la figura de Alán García: es hasta ahora el único presidente peruano que se suicidó. Este evento sucedido hace menos de dos semanas, causado, aparte de los pesares de rigor que exigen la bonhomía y el protocolo, reacciones de la más diversa índole. Desde las acusaciones de cobardía, pasando por alguna exaltación heroica y llegando al absurdo de querer acusar de asesinato a quienes iniciaron un proceso contra él.

No sabemos por qué el expresidente tomó esa fatal decisión y no se puede dejar de entender que muchos vean en ella una admisión de culpa de las acusaciones por las que se vio acorralado; sin embargo, también se puede ver en lo que aconteció el miércoles de la semana antepasada una decisión de ahorrarse y ahorrar a los suyos humillaciones y sufrimientos excesivos.

Un suicidio no libra de culpa a quien la tiene, pero no deja de ser una suerte de redención. A fin de cuentas, el acusado se infligió una pena aún superior a la más dura que contiene el sistema penal de Perú. 

Este triste episodio no sirve para reivindicar a nadie, sirve ante todo para que quienes entran en el juego de la política y del poder sepan que están tratando con situaciones que los pueden llevar a su mayor desdicha y hasta a su propia destrucción. Esa es posiblemente la lección que dejó esta amarga Semana Santa al otro lado del Desaguadero.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

Confidencial

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