La curva recta

La patria, su lado amable

domingo, 26 de mayo de 2019 · 00:08

Acabo de estar en Cinti y si no es época de vendimia ni de carnavales, de hecho las viñas ya no lucen ubérrimas, como cuando los parrales están cargados de uvas, y me ha tocado una tarde de ventolera que da para fotografiar ese viento.

El viaje me ha alejado de la aburrida aunque importante preocupación política: de lo que uno dijo y de lo que otro no dijo,  de las redes que entrelazan a policías con maleantes y a políticos con policías, lo que es en algunos casos una redundancia.

Sí, me he permitido una semana de solaz, de historia, de paisaje, de charla, de conocer especiales y entrañables  seres humanos, y last but not least, de probar, vinos, singanis y otros aguardientes deliciosos.

Los de Cinti dicen que la cultura del vino boliviano tiene su cuna en ese valle estrecho, que tiene algo de áspero, algo de agreste y algo de bucólico, y de vergel.  Y se les puede creer en parte porque hay referencias históricas bien documentadas y también porque están ahí, a la vista, las huellas de un pasado que se pierde en las centurias virreinales, aunque tiene a su manera una actualidad extraordinaria.

Visitar el valle de Cinti es un encuentro con una parte de nuestra historia. Es un valle de la temprana cristianización, ya del siglo XVI,  y de la introducción de plantas  tan arraigadas, que hoy sería imposible imaginarse esa zona sin ellos. Los vestigios del pasado virreinal y de los primeros años de la república se suceden unos a otros, en solares habitados ya 10 generaciones por la misma familia, o en casas sólidas, casi en ruinas, pero cuyos muros y tejados  han aguantado abandonos que se cuentan por décadas  (5, 6, 7).

No se puede dejar de mencionar a la bien conservada casona de San Pedro, que fue vivienda de la última condesa de la Real Casa de la Moneda y madre del presidente Linares, y que fue luego el corazón de un proyecto agroindustrial de dimensiones extraordiarias para su época, a partir del primer tercio del siglo XX.

Pero junto a lo que muestra un pasado  de interesantísimos logros, tanto en el siglo XVII como en el XX, lo interesante, lo que llena el corazón, es la sobrevivencia no sólo de modos tradicionales del cultivo de la vid y de la memoria del pasado, gracias a pequeños museos particulares que se han abierto en la zona; sino un cierto empuje que se ve en viñedos tradicionales que se han agiornado y que ofrecen productos que son un deleite para el paladar y que  pueden dar fuentes de empleo y producir riqueza.

Mi  visita a ese bello rincón de la patria ha sido como lo son siempre los viajes, una renovación de votos de amor para con este bello y a veces triste país. No he dejado de pensar, sin embargo, en cuán difícil es todavía consolidar cualquier emprendimiento, cuanta traba existe, y cuán doblemente difícil debe ser tratar de hacer algo en esas tierras distantes. Los caminos asfaltados y el celular han ayudado mucho, y la vida es seguramente más fácil hoy que hace 20 años, pero estando a las puertas de una elección, bueno sería escuchar propuestas ingeniosas, y a la vez puntuales, para  librar de obstáculos a quienes buscan salir adelante con un negocio propio.

Lo que produce Cinti tiene algunas características muy especiales y muy deseadas en mercados internacionales; vale decir, un producto bueno, especial y con historia. Sería una pena y una barbaridad no aprovechar esas características para crear bienestar.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador  de turismo.

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