De símbolos originarios y películas

domingo, 23 de junio de 2019 · 00:12

El viernes pasado, como viene sucediendo desde hace casi 30 años, se ha celebrado en las ruinas de Tiwanaku el año nuevo aymara, invento creado como una suerte de bravata contra las celebraciones, un tanto exageradas, del quinto centenario del descubrimiento de esta parte del mundo, por parte de Cristóbal Colón.

Reivindicar la propio no es una mala idea, pero debe hacerse sobre cimientos sólidos de investigación y recuperación de tradiciones. Darle al mundo aymara una antigüedad de 5.000 años siempre fue  para la risa o para la compasión. 

El gobierno del presidente Evo, que ya ha cumplido 13 años, ha fundado buena parte de su legitimidad a  base de gestos grandilocuentes, creando feriados y haciendo una Constitución que ridículamente reconoce como lenguas oficiales del país 36 idiomas, algunos de los cuales han dejado de ser hablados y otros que son la lengua materna de minorías extremadamente pequeñas. 

Estos saludos a la bandera son en realidad insultativos para quienes tienen como lengua materna alguno de los idiomas autóctonos, precisamente porque no se ha hecho nada que realmente consolide el uso de esos idiomas, más allá de que pueda cuestionarse la pertinencia de hacer lo propio. 

Interesante es ver cómo en este último tiempo, en el país que más se nos asemeja histórica y socialmente, pero cuyos gobiernos han tenido una política totalmente opuesta a la del proceso de cambio, se puede ver algunos esfuerzos interesantes.  Acabo de estar en Lima, y aunque el fin de semana pasado se estaba celebrando el  Fathers day -sí, así, en inglés- en buena parte del circuito de centros comerciales, pude encontrar, en una librería, una nueva y hermosísima edición del primer diccionario en quechua,  escrito en el siglo XVI, rescatado con primor, y gran seriedad editorial. Me topé también con una traducción del Principito al quechua y otra del Quijote de la Mancha (esta última un tanto absurda, porque no quepa la menor duda de que es mejor leerlo en su idioma original, y quien puede leer quechua pueda  leer castellano).

Lo más impresionante del momento es, sin embargo, la película Retablo, que está en cartelera desde hace más de un mes en Lima, una ópera prima del cineasta Álvaro Delgado, filmada casi enteramente en quechua, que además es una excelente película que ha cosechado gran reconocimiento internacional y que pone en la pantalla un acercamiento al mundo andino rural sin concesiones, en este caso relacionado a la homofobia y también al machismo imperantes.   

Es interesante que aunque en la Bolivia actual estamos viendo algunos productos culturales de alto nivel, me refiero a la hermosa Biblioteca del Bicentenario, no se haya hecho nada verdaderamente importante para las lenguas originarias. Vale mencionar que el primer país que ha puesto un diccionario del idioma aymara en la red hubiese sido Chile, más allá de que se trata tan sólo del diccionario de Ludovico Bertonio. 

Creo que es bastante difícil crear una literatura aymara o quechua, sé que hubo intentos de crear premios literarios en esos idiomas y fracasaron; sin embargo, estoy seguro de que en la cinematografía habría un  espacio extraordinariamente importante y propicio.  No estaríamos descubriendo la América, puesto que varios directores de cine boliviano de tiempos de la república,  ya utilizaron los idiomas originarios en sus películas, pero en esos casos esos idiomas   tuvieron un rol secundario.  

Naturalmente, como en cualquier expresión artística, no basta con que ésta tenga una condición utilitaria y moralmente aceptable para que merezca ser vista o siquiera filmada; tiene ante todo que ser buena. ¿Tendremos en un futuro próximo una película como Retablo en nuestra filmografía?  Un nuevo gobierno, con un Ministerio de Cultura más racional y eficiente tal vez podría llevarnos a mejores puertos.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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