Agustín Echalar Ascarrunz

De elecciones y candidaturas

domingo, 28 de julio de 2019 · 00:11

La forma de una sola reelección del presidente de un país, al estilo de la Constitución norteamericana, siempre me ha parecido la más acertada. Puede ser vista en realidad como un periodo de ocho años de gobierno, que contiene en media gestión, a los cuatro años, un referendo que permite la culminación de esos ocho años, o el retiro del cargo del presidente que no estuviera a las alturas de las expectativas de sus electores. Lo bueno es que luego de los ocho años  el candidato no tiene ninguna posibilidad de repostularse. 

Este mecanismo tiene entre otras cosas la ventaja que convierte a los expresidentes en personas honorables, que dejarán de tener cálculos políticos a la hora de aportar con su experiencia y, de alguna manera, también los blinda de triquiñuelas legales que pudieran ser iniciadas contra ellos para anularlos como potenciales contendores políticos en unas futuras elecciones. Por lo demás, las segundas vueltas, salvo contadas excepciones, han demostrado ser, tarde o temprano, desastrosas; en primer lugar para el candidato mismo, vale recordar a Goni, en Bolivia, o a Alan García en Perú, que más allá del éxito de su gestión, ésta lo llevó a una triste muerte.

En el caso de Bolivia, el periodo más largo que tuvimos de democracia, vale decir desde el año 1982 hasta el año 2003, la fórmula de no reelegir al presidente en funciones tenía posiblemente la desventaja de que cinco años es un espacio de tiempo demasiado pequeño, peor cuatro, pero, indudablemente, encerraba una cierta sabiduría, porque ese periodo de tiempo no  permite a los gobernantes acostumbrarse tanto al poder y que olvidan que éste en democracia debe ser efímero. 

Vale recordar que la reelección que se instituyó en Perú con Fujimori  llevó a éste a aspirar a ser elegido por una tercera vez y que Evo ha repetido esa receta de una manera pasmosamente idéntica en 2015. Aunque ahora, en 2020, pretende superar a quien pudiera ser su más cercano ejemplo. 

La tragedia con Evo es que esta vez los trucos y las ilegalidades han sido tantas para lograr participar en una reelección  a la que bajo ningún punto de vista tiene derecho, y no lo tendría -aunque su gobierno hubiera sido, como él machaconamente recalca,  el mejor de la historia de todos los tiempos-, que en realidad ha caído en la más absoluta ilegalidad. 

Ese es obviamente uno de los motivos por los que seguramente tiene temor de debatir con los otros candidatos a la Presidencia, un ejercicio elemental en un sistema democrático que anteponga ideas a símbolos. Por lo demás, este acto ilegal, asociado a otros, algunos inclusive de lesa humanidad, cometidos durante su gobierno, podría quitarle el sueño, al menos que no estuviera endiosado y convencido de que no sólo merece todo el poder posible, sino que jamás será juzgado por sus actos. 

Mientras tanto, tenemos ante nosotros una campaña de una desigualdad, en cuanto a poder, expresar ideas y tener presencia pública de los candidatos,  brutal. A un lado todo el aparato estatal, diseñado desde hace años para exaltar la imagen del actual Presidente,  gastando millonadas en eso, con un jefe de campaña, me refiero al Ministro de Comunicaciones, también pagado con el dinero de los ciudadanos. 

Cabe preguntarse en qué medida, el inteligente, charmoso y carismático ministro Canelas está cumpliendo con sus funciones de Ministro de Comunicaciones al atacar tan frontalmente a los otros candidatos. Y aquí volvemos a replantearnos el problema que conlleva una reelección, aunque sólo sea “una”.   

Obviamente, en estas elecciones se juega ante todo la pregunta de si un ciudadano díscolo e infatuado, alejado de la realidad, puede salirse con la suya, pisoteando la Constitución que fue promulgada durante su mismo gobierno.

 

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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