Agustín Echalar Ascarrunz

Cosas de Biblia

domingo, 19 de enero de 2020 · 00:12

Cuando hace ya más de  dos largos meses vimos primero a Luis Fernando Camacho y luego a la presidenta Añez cargando con la Biblia en el Palacio de Gobierno, muchas personas, pese a la felicidad que significaba el liberarse de un gobernante con ganas y planes de eternizarse en el poder, se sintieron incomodadas  y es que símbolos religiosos antiguos, como una Biblia y un crucifico, no van con la estética reinante; es más “cool” no tenerlos. 

Muchos siquiera a sotto voce protestaron por esto, y en la prensa internacional, los que simpatizan con Evo  hicieron alboroto. El tema parece sencillo, la religión no debería tener cabida en el manejo del Estado, dicen los sensatos, y si vemos los horrores que pasaron en el Afganistán de los mulás, o en el mismo Irán, no podemos sino estar de acuerdo. 

Sin embargo, lo que no hay que olvidar es que la religión es un componente de la política; de hecho, históricamente casi no se los puede diferenciar, y hoy en día y en el siglo pasado, sin esforzarnos mucho, podemos encontrar similitudes inmensas entre quienes siguen una religión o una ideología. 

En ambos casos,  insisto, en realidad son lo mismo; los fanáticos son los más peligrosos  y los que conviven con las contradicciones, un católico-ateo, por ejemplo, puede ser de más utilidad para el bienestar de la sociedad. 

El episodio de la “vuelta de la Biblia” al Palacio me ha molestado un poco, porque creo que es un libro sobrevalorado, más allá de lo extremadamente interesante que es, pero en cuanto a visión de mundo, es por un lado muy anticuado, específicamente en cuanto a libertad sexual se refiere;  y es demasiado subversivo en cuanto a estructuras de poder, algo que también resulta inconveniente.

Decir que la Biblia ha vuelto al Palacio me parece un exceso, porque con el MAS  la Biblia y los bíblicos tuvieron mucho más que decir, para desgracia de muchos,  de lo que se cree gracias al teatro de pachamamadas. No debemos olvidar que fue una decisión bibliófila, manejada desde las más altas esferas, cuando se redactó la nueva Constitución poner un candado al matrimonio de personas del mismo sexo, lo cual no existía en la Constitución anterior.

Por lo demás, si al joven señor Camacho se le pide que sea consecuente, él tendría que regalar todo lo que tiene -y no es poco- para ganar el cielo;  hay un episodio del Nuevo Testamento que es claro en ese requisito. Éste es absurdo y es no sólo anticapitalista,  sino que horada la acumulación, que ha permitido, a lo largo de los siglos, el progreso del cual nos beneficiamos (casi) todos. 

Posiblemente, eso de regalar todas las posesiones fue el motivo de las persecuciones que sufrieron los primeros cristianos en tiempos de la Roma Imperial  y con cierta razón, aunque se les fue la mano con eso de los leones.

Hay un motivo más por el cual no creo que sea oportuno usar en los Andes el símbolo de la Biblia, tiene que ver con la conquista, que desde mi punto de vista trajo a estas tierras más beneficios que daños, pero que para ser vista en su justa dimensión se tiene que desarmar un discurso, que se remonta inclusive al período de la fundación de la República. Mientras tanto, no vale la pena usarla como símbolo. El episodio de Pizarro, Valverde y Atahuallpa  no es muy kosher. 

Sin embargo, no son las biblias de palacio las que deben preocuparnos, sino aquellas que permitieron una alta votación al pastor Chi. Bolivia es un país cristiano, mayoritariamente católico, y eso no debe ser ignorado, pero es importante poner las salvaguardas para evitar el estancamiento moral y político. 

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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