Agustín Echalar Ascarrunz

Una semana después

domingo, 25 de octubre de 2020 · 00:11

El triunfo del MAS en las elecciones del domingo pasado ha dejado a moros y cristianos pasmados, aunque sé, de buena fuente, que algunos masistas estaban seguros de un éxito que los del otro lado creían francamente improbable. Tan improbable, que en vez de armar un frente común, terminaron peleando entre ellos y dándole enormes ventajas a su adversario común. 

Este hecho nos lleva a distintas reflexiones, que de tanto repetirse en las redes ya parecen verdades de Perogrullo. Está visto que la mayoría de los bolivianos se siente identificado con el MAS. Lo que valdría la pena saber es cuál fue el camino que llevó a demostrar esa identificación que se convirtió en voto. Es posible que un componente importante sea el étnico. La mayoría de los bolivianos siente sus raíces indígenas, y el MAS, con Evo a la cabeza, y ahora con Choquehuanca, en funciones de Vicepresidente, enarbolan, al menos simbólicamente y, sin lugar a dudas, en muchos espacios completamente prácticos la presencia indígena en el manejo del Estado. No es poca cosa, y es una razón que, aunque poco democrática, hace un cierto sentido más allá de todas las deficiencias en la administración de un país que esto pueda implicar. 

Seamos claros, las razones étnicas no son suficientemente buenas para votar por alguien o para que alguien asuma la dirección de una empresa estatal, o de un servicio público; es más, son básicamente malas y estarían muy condenadas en otras circunstancias. 

El que la identificación étnica tenga tanta importancia tiene que ver con la historia de nuestro país y, por supuesto, con su geografía, algo que también se ha visto reflejado en las elecciones de esa triste fecha del 18 de octubre; si ese tema es importante para la mayoría es porque la sociedad boliviana no ha logrado superar la tara del racismo heredada del pasado, curiosamente el MAS en catorce años tampoco lo logró, posiblemente porque las pócimas para curar ese mal estaban en realidad envenenadas. No se cura el racismo con dióxido de cloro y menos con lavandina. 

El éxito local de Fernando Camacho, con todas las aberraciones que éste implica a partir del mal uso de la religión, muestra también otro tipo de los problemas no resueltos, relacionados al manejo del Estado desde una perspectiva centralista, la cual no es tan extrema como la pintan ciertos sectores cruceños, pero que ciertamente existen y, dicho sea de paso, lo lógico es que el poder político se ejerza desde la zona del país con mayor poder económico. 

La nueva situación política pone en evidencia que a ese 55% que votó por el MAS no le importa mucho los detalles que hacen a la democracia. No le importó el que un partido viole la Constitución para quedarse en el poder (no digo que no le importó el fraude porque la cúpula masista convenció a sus creyentes que éste no había tenido lugar), no le importa tampoco que quienes gobiernen desarrollen un vómitivo culto a la personalidad del poderoso. Eso preocupa, porque muestra una gran inmadurez política o una que no toma en serio los valores democráticos. 

No nos podemos alegrar por el futuro inmediato, pero podemos meterle buena onda, esperar que los nuevos gobernantes hayan registrado los errores de sus predecesores, que trabajen en serio para saldar las deudas sociales del pasado, antes que aprovecharse de las mismas para consolidar su poder. 

Y habría que aconsejarles que no se dejen adular. Los llunkus son el mayor peligro, lo sabe Evo, lo sabe Jeanine, y ojalá que nunca más tengan tanto poder como para poder abusar inmisericordemente de él.

 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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