Agustín Echalar Ascarrunz

De strippers y respeto hacia las mujeres

domingo, 23 de febrero de 2020 · 00:11

El jueves pasado ha sido el llamado Jueves de Comadres, una tradición que era muy seguida en Tarija y de la que yo ni en mi niñez o en mi juventud jamás oí hablar, pero que en los últimos años se ha popularizado enormemente en toda Bolivia. Los encuentros del Jueves de Comadres han pasado de ser inocentes reuniones de confraternización “monosexual” a ágapes bastante divertidos, algunos un tanto picantes, y otros convertidos en farras fenomenales.  Algo no ajeno a ningún tipo de festejo, sea Año Nuevo, Gran Poder o incluso alguna fiesta de guardar.

Los carnavales son desde siempre un espacio de tiempo de ruptura del orden establecido, son el tiempo del Rey Momo, de las danzas, de la fiesta, de las máscaras que ocultan identidades, y que por eso mismo permiten a muchos actuar como realmente quisieran ser, aunque sólo sea por unos días al año, o aún, aunque sólo sea una vez en la vida. 

En el último tiempo, un pequeño extra se ha presentado en la reunión de las comadres, y es que en algunos locales se han organizado fiestas para mujeres que han sido amenizadas con jóvenes que se desnudan ante ellas mientras tratan de hacer algún baile, o lo logran. Este acto es por demás inocente y casi aburrido, aunque en medio del trago y la música y la confraternización pueda resultar bastante exitante. 

El desnudo tiene sus grandes atractivos, en parte por la sensualidad implícita, pero también porque es un acto de rebeldía, es un rompimiento de tabúes y precisamente por eso es también un acto de liberación. Por eso es que fascina y por eso es que tiene un gran mérito,  más aún en una sociedad tremendamente pacata como la andina.

La Alcaldía de la Culta Charcas, hoy ya no masista, ha reproducido un sinsentido que tuvo lugar por primera vez el año pasado (cuando estaba en manos del partido de gobierno de entonces, el inefable MAS) y ha prohibido los  strippers  en las fiestas de las comadres. 

El asunto daría para reírse por lo anacrónico, por lo pacato, por ser una prohibición imbécil, pero también tiene que indignar porque es la pretensión de regular sobre la vida y la visión moral de todas las personas, y eso implica restringirles su libertad. Y  su libertad sexual, no la menos importante de las libertades.

El asunto empeora porque es una violación, en primer lugar, a la libertad de las mujeres y conlleva un retrogusto paternalista y patriarcal, en el mal sentido de la palabra (ojo hay un buen sentido para esa palabra), que a estas alturas es inaceptable aun legalmente. Aparte de pacato, es discriminatorio.

Bolivia es en general una sociedad anquilosada, con complejos y problemas de autoestima. Un poco más de desnudos, un poco más de sensualidad, no sólo le pueden hacer bien, sino que los necesita. 

¿Puede conjugarse el respeto a las mujeres con un acto de cosificación de la persona, en un evento donde un ser humano será expuesto como un “objeto sexual”? 

Parece una pregunta  tramposa, pero no lo es, la respuesta es simple, por supuesto que sí; es difícil imaginarse que los jóvenes que se quitan la ropa ante un público de mujeres que los aplaude y  los mima se sientan usados o maltratados.

¿En qué queda entonces la lucha de muchas feministas contra los lugares de striptease femenino? Bueno ahí hay grandes diferencias, porque para que este asunto sea honorable, la persona que baila se desnuda, o eventualmente vende sus caricias o más, debe hacerlo voluntariamente, con gusto, o siquiera sin disgusto, y sin ser obligada, eso no siempre sucede. Y eso se debe subsanar.

Una sociedad sana tiene que dar un gran espacio para la libertad sexual, inclusive para eso que los pacatos llaman libertinaje. Los desnudistas en los Jueves de Comadres son una brisa fresca en este nuestro mundo de demasiadas puertas cerradas y de aire enrarecido.

 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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