Agustín Echalar Ascarrunz

El turismo (no) es un carnaval

domingo, 1 de marzo de 2020 · 00:12

La semana que termina nos ha dejado una interesante y eventualmente preocupante noticia respecto a las cifras del Carnaval de Oruro. La Cámara Hotelera de ese departamento ha declarado que este año sus afiliados sólo tuvieron un 40% de ocupación de sus hoteles, que se habrían perdido millones de dólares y que en resumen, en términos económicos: el Carnaval orureño hubiera sido un fiasco.

Ciertos masistas han salido en las redes a echarle la culpa al Gobierno, a decir que esa era una muestra de la crisis económica en la que se está viviendo, y que la gente está con menos dinero porque Evo se fue.  Es, por supuesto, discurso político, que simplemente no merece ser tomado en serio; pero el hecho de que haya habido una bajada tan grande en la ocupación de hoteles, y algunos dicen también en la venta de asientos en las graderías, merece una reflexión.

Antes de rasgarse las vestiduras respecto a una baja en la ocupación de los hoteles, lo importante es mencionar que, por un lado, los hoteles habían ido desarrollando un sistema que no era “amigable” para los visitantes: vendían paquetes de tres noches -cuando muchos visitantes querían y usaban las habitaciones sólo una noche- a precios elevadísimos; claro, decían, y con justa razón, es la única fecha clave de visitas a Oruro.

Pues bien, gracias a la tecnología, el alquiler de habitaciones privadas, que ha existido desde hace muchas décadas, se ha convertido en algo mucho más eficiente y confiable, y ese puede ser uno de los motivos que han llevado a una baja ocupación en la hotelería tradicional.

Por el otro lado, no se puede negar que el derrumbe de una pasarela, de graderías y las explosiones de hace dos años tienen que haber influido en una menor afluencia a esa gran fiesta, y, por supuesto, si sobre ese plato ya servido espolvoreamos los temores del coronavirus, es fácil entender por qué éste no ha sido un buen año. 

Eso sí, las quejas sobre una baja en la afluencia de turistas se escuchan también en las zonas turísticas de La Paz y es seguro que la inestabilidad política de noviembre esté cobrando su cuota. 

La importante, sin embargo, es recordar que por muy bello que sea el Carnaval de Oruro, éste no es un destino turístico extraordinario y por el que vale la pena apostar, principalmente porque se trata de un destino que sólo puede llenar hoteles por una o por tres noches al año, y eso simplemente no justifica ninguna inversión. 

El turismo es una actividad muy simpática, que tiene una serie de bondades; es una forma de importar por días o semanas una clase media pudiente y en “modo” de gastar de los países más ricos. La redistribución de ese dinero que ingresa al país es además muy grande, aunque como en todo, no necesariamente equitativa. Es, sin embargo, una actividad muy delicada, susceptible a muchos factores que dependen de modas, climas  y de situaciones que van más allá de una planificación.  Bolivia no tiene el atractivo que es el producto turístico principal de esa actividad a nivel mundial (vale decir, bellas playas). 

En estos tiempos electorales, aparecen también los planes de Gobierno.  Qué hacer con el turismo es, sin lugar a dudas, algo que merece un acápite en esos planes, pero las propuestas deben ser realistas.

Mientras tanto, y sin salirse de su función de Gobierno transitorio, la  actual administración ha dado dos pasos muy importantes: ha dejado de exigir visa a los norteamericanos, lo cual es tremendamente positivo si vemos las estadísticas peruanas, y a los ciudadanos israelitas, que sólo ellos sostenían Rurrenabaque. Ese tipo de iniciativas son muy válidas.  Dar más seguridad a los turistas en las fronteras sería un siguiente paso muy importante.

 Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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