Agustín Echalar Ascarrunz

Con el testamento en la gaveta

domingo, 22 de marzo de 2020 · 00:11

Si la tendencia respecto a contagios y defunciones sigue como está, lo cierto es que estamos más cerca de la muerte ahora que  hace un par de meses, sobre todo quienes han empezado su séptima década de vida; o los que están por comenzarla, como es mi caso, que cumpliré 60 años en el cuarto trimestre, si los dioses se apiadan. 

En efecto, si hacemos un pequeño ejercicio, por ejemplo en el  Facebook, yo tengo alrededor de 2.000 amigos (de Facebook, aclaremos), si se piensa que un 60% se contagiará (otros creen que serán más), ya tendré alrededor de 1.200 “amigos” contagiados, y si de éstos no resiste el 2%, porcentaje conservador, estamos hablando de 24 personas, algunas cercanas a mi entorno y algunas no tan lejanas, que ya no estarán para contarla, y obviamente entre esas 24 puedo estar yo. 

Esta reflexión no la hago para excitar los temores y agrandar el pánico, sino porque ante circunstancias como éstas vale la pena tener las cosas en orden: abuenarse con quien uno tiene que abuenarse, saldar cuentas, en lo posible, decir a quienes se quiere que se los quiere y como adelanto en el título de esta columna: hacer un testamento. 

 No es preciso llevarlo bajo el brazo, ni siquiera tenerlo notariado, pero sí en una gaveta accesible. Sólo por si sea el caso. Aclaro, no creo que ese sea un ejercicio morboso, sino uno que ayudará en la practicidad de las cosas, y porque un testamento es algo más que un documento que distribuye lo que deja el occiso, sino su “última” voluntad. 

Las leyes bolivianas definen en forma bastante prístina sobre las herencias, pero hay detalles que igual vale la pena establecer, sólo por si acaso. 

No es que esta sea la primera vez en nuestras vidas que estamos confrontándonos con una muerte más posible. El cáncer, el Sida ya se han llevado a muchos cercanos y, en lo que refiere a Bolivia, la mortandad infantil es inmensa. A riesgo de hacer una “garcialinerada numérica”, me atrevo a calcular que el número de niños menores de un año que muere cada año en Bolivia es de alrededor de 6.000,  mucho más de las hasta ahora víctimas del coronavirus en la China.

La muerte, o el muerte, si queremos ser correctos en términos de género, no es una visita desconocida en nuestras vidas, pero ahora se está presentando con intenciones de convertirse en habitué. 

Quienes gustamos de la historia (yo me considero un historófilo) -podemos, eso sí, ver igual el futuro con un cierto halo positivo-  podemos  vislumbrar ya una luz al final del túnel, y es que lo que pasó hace un poco más de 100 años es lo más cercano a lo que nos está pasando hoy: la fiebre española, que cobró más de 20 millones de vidas en el mundo, algunos creen que fueron 50 millones; pero como sabemos ésta pasó e inmediatamente después, los años veinte, fueron los años más nerviosos del siglo XX, pero al mismo tiempo  de una enorme creatividad artística, de gran libertad, de transformaciones sociales importantes, del charleston, (aunque eso sólo fue una parte de la historia de esa década). 

Esto va a pasar, podemos estar casi seguros; de lo que no podemos estar seguros es si la vamos a tener leve o si la vamos a sufrir, o si no vamos a llegar al desenlace. Si eso sucede, si contraemos la enfermedad, que no sea por negligencia, o por extrema negligencia, y que no seamos vehículos del contagio del próximo. 

Es curioso que por el momento el acto de amor y de responsabilidad más grande es aislarse, aunque claro, a los bolivianos nos toca también buscar formas de solidaridad para quienes viven al día. 

Estamos pasando un momento extraordinario, no sólo de nuestras vidas, sino en la historia de la humanidad. Curiosamente, esta es una de las veces en que no se necesita esperar un milagro, sino algo más fácil-difícil: que todos pongan de su parte para que éste tenga lugar. 

Agustín Echalar Ascarrunz  es operador de turismo.

 

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