Agustín Echalar Ascarrunz

La ciudad y los cerros

domingo, 8 de marzo de 2020 · 00:11

Hace unos días me enteré de que un grupo de vecinos de la parte más baja de la ciudad de La Paz se están organizando para defender las serranías que rodean la hoyada de su definitiva destrucción. Esta iniciativa es no solamente loable, sino que debería tocar el corazón de cualquier paceño. Los cerros son parte de nuestro ser y son el marco que da forma a la vida urbana paceña.

El reclamo, la inquietud de estos vecinos, viene un poco tarde, pero por supuesto que no llega demasiado tarde, y es que todavía hay mucho que salvar. 

Construir en las laderas compuestas de greda es un despropósito porque en parte o se necesitan grandes inversiones para lograr que el terreno sea estable, o se tiene que vivir con el Padrenuestro en la boca para evitar mayores desgracias el momento que se dé un deslizamiento. 

Los paceños de pura cepa sabemos que no se debe construir ni cerca de los ríos, que en época de lluvias se ven tan inofensivos, pero que no lo son, ni demasiado cerca de los cerros. 

En los últimos 30 años, gracias a nuevas tecnologías, y a un mayor nivel económico, se ha podido construir donde antes nadie se hubiera imaginado, sean esas las alturas de Auquisamaña, el Valle de Aranjuez, o ciertas pequeñas vegas que han sido invadidas, poco a poco, por el ladrillo y el cemento.

La Paz es una ciudad que tiene un serio problema de falta de espacio para crecer; tal vez la política definitiva para enfrentar esa realidad sería trasladar la sede de Gobierno a un lugar con mejores posibilidades orográficas. 

Pero más allá de si alguna vez será tomada esa decisión, lo importante es tomar el toro por las astas y trabajar en la estructuración real y posible de un programa que permita la creación de áreas habitacionales, pero que también proteja la belleza natural de la orografía del valle de Chuquiago. 

La Paz es una ciudad que tiene un gran atractivo debido precisamente a esa orografía, y es en ese sentido que esta tiene que ser protegida. Pasa lo mismo con el valle aledaño de Achocalla. Ese es en primer lugar un bien estético y por lo tanto un bien espiritual. Los paceños tienen derecho de tener una ciudad “bella” y armónica, y eso sólo se logrará si se combina la naturaleza con el desarrollo. 

La idea parece titánica, precisamente por la enormidad de esos cerros, pero es posible hacerlo si se reglamenta y se desarrolla un verdadero “sentido patriótico” en relación al entorno de la ciudad y sus cerros. 

Hay motivos para sentirse optimista, ya hubo proyectos de esa magnitud en un pasado, cuando la ciudad y el país eran mucho más pobres;  me refiero, por ejemplo, a la arborización de Pura Pura del primer tercio del siglo XX, que nos ha legado un gran bosque; o la más modesta de los años 70 en Mallasilla, o la creación del Cactario, en los 70, y la delimitación y armado del paseo por el Valle de la Luna en este siglo. 

Pero también hay motivos para el pesimismo, los loteamientos que se están haciendo de forma brutal, los aplanamientos de grandes extensiones, el avasallamiento de laderas que deberían permitir a barrios, como Alto Irpavi o Alto Achumani , tener una vista amable al resto de la hoyada, y peor aún, situaciones increíbles como avasallamientos en la ahora céntrica bajada de Miraflores, conocida como avenida Copacabana, en dirección a la avenida de los Libertadores. 

La iniciativa de los Guardianes de la Montaña, como se llama esa acción ciudadana que se está gestando, es válida, importante, y merece el apoyo de todo aquel que ama esta ciudad. 

 La toma de consciencia del valor estético (más allá de su connotación ecológica) de nuestro paisaje tiene que llevar a una legislación estricta para garantizar su preservación. Seremos una ciudad más feliz si logramos hacerlo y, de paso, el turismo nos traerá algunos réditos.
 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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