Agustín Echalar Ascarrunz

Solsticio en tiempos de cuarentena

domingo, 21 de junio de 2020 · 00:12

Este 21 de junio no será de grandes ceremonias en Tiwanacu. No habrá rituales ni borrachera, y no da para rasgarse las vestiduras. Y es que - aunque todos los mitos y sus ritos tienen un origen similar, fantasioso, a veces a partir de malos entendidos y otras de tergiversaciones de la (supuesta) historia verdadera - el festejar los 5.528 años de la era aymara, y hacerlo en las ruinas que hoy llamamos Tiwanacu, es un colmo, precisamente porque siendo una tradición “ancestral” tan joven brilla en toda su impostura. Vale la pena recordar que ninguno de los edificios o monumentos importantes del antiguo complejo de templos está orientado hacia donde sale el sol en los últimos 10 días de junio. 

Si añadimos que quien fue en los momentos más “gloriosos” de los festejos del año nuevo aymara el “sumo sacerdote”resultó siendo un narcotraficante y que el “jefe espiritual de todos los indígenas del mundo mundial” un tramposo, estamos servidos con la degradación simbólica del evento.

No, los festejos instaurados con feriado incluido en la era masista no parecen tener la solvencia suficiente, aunque no está dicha la última palabra respecto a su sobrevivencia o su desaparición. Eso porque a pesar de que somos un Estado laico, por el que algunos se  rasgan las vestiduras vez que hay algún gesto religioso de parte de autoridades gubernamentales, en realidad la mayoría de las personas necesita algo de fe, y si ésta no llega, recurren por lo menos a algo de religión, o aunque sea a rituales.

Los festejos de junio siempre me han parecido un poco absurdos, esto por temas netamente técnicos,  de fecha, mejor dicho de temporada,  y es que aunque ando en mangas de camisa muy a menudo, soy un tanto friolento. Hacer fogatas en la noche del 23 de Junio y pasársela en la intemperie cuando supuestamente es la noche más fría del año, es una demostración de tontera colectiva. Lo lógico en esta época del año es quedarse en casa, hacer picnic a la potosína; vale decir, comer algo en cama o en el rincón más caliente del hogar. Eso de pasar la noche al aire libre se da mejor en un clima cálido, en el verano.

Si hay algo que supera eso de pasar la noche delante de una fogata, es ir a pararse delante de un cerro, o lo que sea, en la madrugada, ojo, la hora más fría del día, para recibir los primeros rayos del sol, peor es si se lo hace en Tiwanacu, porque para eso realmente uno ha tenido que incomodarse enormemente la noche anterior o salir a las tres de la mañana de La Paz. 

Lo más absurdo es que posiblemente quienes construyeron los edificios, cuyas ruinas son hoy escenario de ese ritual, jamás adoraron al sol, y si lo hicieron no fue en un día equivalente al 21 de junio y, por supuesto, que eso no sucedía ni hace 5.000, 4.000 o 3.000 años. 

La cuarentena está haciendo que se deje de lado por un año esa celebración que es parte decorativa de un proyecto político, dicho sea de paso, tal como lo fueron seguramente las procesiones en tiempos virreinales, o las fiestas del sol en tiempos de los conquistadores cusqueños.

Nos podemos alegrar de que así sea, porque aglomeraciones como la de Tiwanacu o la de la Cumbre podrían ser fatales por el virus que anda suelto. Y el fin de semana largo y encapsulado  puede servir una vez más para meditar sobre las cosas grandes y  pequeñas de la vida, entre las que están las elecciones, que toca llevar a cabo tarde o temprano, y la frustrante posibilidad de que volvamos a donde estábamos, sólo que peor.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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