Agustin Echalar Ascarrunz 

La pandemia se combate también con paciencia

domingo, 12 de julio de 2020 · 00:11

La noticia de que la presidenta Añez ha contraído el virus del Covid-19 resulta preocupante por diversos motivos. En primer lugar porque si la enfermedad se desarrolla de una manera más agresiva quedará muy comprometida la estabilidad del gobierno y la del país en general; por el otro lado, está la comprobación de que el virus puede meterse entre rendijas y cualquiera de nosotros puede resultar contagiado. Estamos seguros que la Primera Mandataria ha tenido extremo cuidado en su cotidiano, pero debido a sus actividades, tanto en su calidad de Presidenta como de candidata, en algún momento ha habido un descuido y el virus se ha colado.

Sólo un aislamiento absoluto puede garantizar el no contagio y los bolivianos, luego de casi cuatro meses, estamos cansados, aun los que podemos llevar el encierro con gracia y dignidad, de estar guardados y sin poder tener contactos humanos directos.  

Lo cierto es que aparte de que el círculo se va cerrando, de que ya hay eventualmente amigos, o amigos de amigos, o parientes de amigos, o parientes, que han contraído la enfermedad; también podemos ver en algún momento  que el virus está haciendo acto de presencia en los lugares donde nos abastecemos.

Y, finalmente, las estadísticas nos dicen mucho (no necesariamente el número de personas diagnosticadas con el virus, porque las pruebas siguen siendo escasas, aparte de a veces no confiables), ante todo las de los decesos, que tampoco nos refieren el número exacto de quiénes han sucumbido ante la enfermedad, pero sí un número mínimo aproximado.

Y, bueno, estamos con alrededor de  160 muertos por cada millón de habitante, una cantidad muy similar a la que tenía Perú hace unas tres o  cuatro semanas, y, aunque usted no lo crea, también muy similar al Brasil en ese periodo. Las cosas en ambos países sólo han empeorado, aunque todavía no han llegado a los niveles de Italia o de España de hace dos meses; aunque eso sí, inclusive en algunas ciudades del Brasil, las muertes diarias han ido disminuyendo, como ha ido sucediendo también en Europa.

No hay ningún motivo para creer que a Bolivia le será ahorrada la desgracia que están viviendo nuestros vecinos más afectados (Brasil, Perú, y Chile) y si hay caso de preocuparse más debido a nuestro deficitario sistema médico y a nuestra pobreza en general. 

Mientras tanto, la crisis económica va creciendo. Se ven ya los locales cerrados, las ofertas en alquiler de esquinas donde antes hubiera habido lista de espera de potenciales inquilinos; estamos empezando a navegar en las aguas movidas de la crisis, y vaya uno a saber cuántos naufragios nos tocará presenciar.

El futuro inmediato se ve con una pequeña dosis de pesimismo (o realismo) como algo tremendamente duro: más muertos, más desesperación en los hospitales y luego  muchísima más pobreza.

¿Cómo soportar esto? Primero tratando de aguantar, una vez más, comparando esta pandemia, esta tragedia, con situaciones atroces de índole colectivo;  hace bien comparar este momento con una guerra, ante todo para poder alegrarse de que siquiera no caen bombas en la noche, no se destruye la casa, ni hay tanto dolor y caos. 

De lo que se trata es de tener más paciencia; de por un minuto imaginarse la muerte de un ser querido cercano, y de todo lo que uno estaría dispuesto a hacer para que eso no suceda, y de crear, como sociedad y como Estado, las posibilidades para apoyar a quienes son más vulnerables. Lo peor va a pasar, como está pasando en Europa, aún antes de encontrar la vacuna y, más tarde, la economía se va a reactivar. 

Un último consejito de columnista: piense que en Italia se han recuperado casi 200.000 personas y en Alemania otros tantos, sin usar Dioxido de Cloro.

 
 Agustin Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

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