Agustín Echalar Ascarrunz

De pobreza y pociones mágicas del pasado

domingo, 5 de julio de 2020 · 00:12

Hace un par de meses, el presidente de los Estado Unidos se lanzó con una estupidez extrema, sugirió consumir algún detergente, de alguna manera, para matar el virus del Covid -19 que, se nos ha dicho, muere en nuestras manos si nos las lavamos con harto jabón. 

Las críticas no se hicieron esperar. Algunas empresas productoras de detergentes en los Estados Unidos publicaron advertencias para que a nadie se le ocurriera consumir oralmente sus productos, y desde los más distintos rincones del mundo se escucharon las burlas contra el bobo del Presidente gringo, e inclusive contra los Estados Unidos, ese país que para muchos europeos no tiene cultura y se merece ese presidente, porque su población es muy ignorante.

Es curioso que de uno de los centros de la ciencia,y del país grande que mejor ha manejado la pandemia, me refiero por supuesto Alemania, haya salido el pajpaku mayor de las últimas semanas.  Aunque debemos aclarar, que ni él, ni quienes lo siguen, tienen el menor chance en la política germana. Angela Merkel, es la antípoda de Trump, y viene del mundo científico, que simplemente no admite a aventureros, como el tal Krackler, el gurú del Dióxido de Cloro. 

Ese producto que tanta bulla está haciendo es - lo dicen los que lo promocionan - conocido desde principios del siglo XIX, debe ser ingerido en cantidades mínimas, unas cuantas gotitas en un litro, o en medio litro de agua, y dicen es bueno para todo….. (lo cual puede ser considerado también como que es bueno para nada).

En Bolivia estamos teniendo una ola de consumo y de aprovisionamiento del dicho producto, en parte por la labor de las redes, pero también porque algunos profesionales de la salud, con un cierto predicamento, lo están promocionando; y porque unos cuantos municipios lo están incluyendo como un medicamento útil para frenar la pandemia.

El famoso Dióxido de Cloro es evidentemente así de antiguo y ha sido y es utilizado como detergente, tanto en ambientes médicos, como en la conversión de aguas, para volverlas potables. Y si hay una tradición de larga data de curanderos que lo promocionan para combatir las más distintas enfermedades; hay testimonios de personas que declaran que ese producto les ha curado o les ha mejorado, la vida. Pero el asunto es sóolo eso, testimonios, no existe ningún estudio científico que explique las bondades del producto, y recordemos que los testimonios son siempre subjetivos. 

Es interesante que en países como Italia y España o el Reino Unido, y menos en Alemania, el famoso elixir no tenga la menor importancia, pero que aquí su popularidad esté en auge, lo que tiene que ver lastimosamente con nuestra pobreza, la cual nos mantiene en parte en ignorancia, que nos lleva a ser menos críticos con la información que recibimos, y con el hecho de que ante la carencia real de un buen sistema de atención médica, más vale encender velas, creer en milagros, y en pócimas que sanan de todo. 

La pandemia nos está enfrentando con nuestras miserias. La popularidad del Dióxido de Cloro es, si se quiere, un síntoma más de nuestra realidad, de nuestra pobreza material y de espíritu. 

Dicho esto, no condeno ni critico a quienes estando con los síntomas de la terrible enfermedad lo tomen. Ante la total indefensión en la que nos encontramos los bolivianos, cualquier remedio, real o ficticio, puede ser consumido. Esa es parte de nuestra realidad, una realidad anclada posiblemente en ciertos aspectos en los tiempos en que se empezó a usar el Dioxido de Cloro,  a principios del siglo XIX. 

Bolivia no sólo vive la realidad bipolar de una pequeña formalidad y una gran informalidad, de un Estado pequeño que no llega a  veces a pocas cuadras de la plaza Murillo; Bolivia se mueve también en dos o más tiempos históricos, todos vivimos en el pasado respecto a los países ricos, pero algunos vivimos en un pasado mucho más remoto.

Agustin Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
 

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