Agustín Echalar Ascarrunz

Memorias de otro bloqueo

domingo, 16 de agosto de 2020 · 00:12

Sucedió hace 15 años, en 2005, en medio de las revueltas y los paros que precedieron a la renuncia del entonces presidente Mesa. Yo estaba en Puno, con un grupo de turistas de esos que hacen los llamados “viajes de estudios”, y al día siguiente partiríamos para Huatajata. Ya se nos había advertido que había problemas y que posiblemente no podríamos continuar al día subsiguiente a La Paz. 

Entre los pasajeros estaba la pareja K, ambos sobre los sesenta años; ella con un sobrepeso visible y él, que parecía más saludable, me enteré luego que había pasado por un infarto cardíaco un año antes.  La condición de ellos es un claro ejemplo de por qué los destinos turísticos  de altura tienen una cierta desventaja, muchas personas mayores tienen problemas cardíacos, y, en realidad, se les recomiendo no pasearse por las alturas. Pero Machu Picchu y el lago Titicaca tienen su imán, y a éste no se resistieron ese verano los esposos K.

Desde que habíamos llegado a la altura la señora K se sintió mal, la aclimatación en Arequipa no le había ayudado, como buena alemana estoica, no se quejaba ni hacía alarde. En la mañana emprendimos viaje a la frontera y luego tomamos una embarcación para cruzar parte del  famoso Lago Sagrado. Ella ya no se animó a dar un paso más instalada en la pequeña embarcación, sentía una fuerte opresión en el pecho, un fuerte dolor vez que hacía el menor esfuerzo.  

Tomé la decisión de que la señora debía ser trasladada inmediatamente a La Paz, pero ya en tierras bolivianas me informaron que era imposible seguir, que la carretera estaba completamente bloqueada. En Huatajata no estaba el médico de la posta y cuando hablé con un médico en La Paz, éste me dijo algo que los señores K ya sabían, porque habían pasado por un episodio similar solo un año antes:  la señora K estaba con el riesgo de tener un infarto.  

No fue posible conseguir que un médico viniera a sólo 80 kilómetros de La Paz a recoger a la enferma, no fue posible negociar que una ambulancia pasase por el bloqueo, que estaba a medio camino, y así me tocó explicar a la pareja que no tenían otra solución que esperar, que al día siguiente podríamos volver a Puno, y allí tener atención médica. Un extremo difícil de entender para quien está acostumbrado a los mejores y más eficientes auxilios.

Fue la noche más angustiante que pasé en toda mi vida relacionada al turismo. Me quedé acompañándolos (porque ellos me lo pidieron), lo único que atiné a decirles es que era importante tratar de tranquilizarse. Obviamente, la señora K fue provista de oxígeno. 

Ella logró dormir un poco, el marido se quedó en vigilia y, de rato en rato, lloraba en silencio; temía lo peor, temía estar viviendo los últimos momentos de la vida de su esposa, y estaban ahí, tan en el fin del mundo, aferrándose a un extraño, sin un médico.

Al día siguiente salimos temprano y logramos llegar a Puno. Los llevamos directamente a una clínica y al subsiguiente volaron a Lima, donde ella se quedó un par de días para poder tomar el vuelo de retorno a Alemania, donde fue llevada directamente a un hospital. 

Ese episodio ensombreció mi alma porque fue la primera vez que me enfrenté en mi propio mundo, en mi país,  a la vuelta de mi casa, a una intransigencia tan inhumana. Había leído que hasta en zonas de guerra se respetaba ambulancias y emergencias médicas. 

Nunca he sentido simpatía por ningún bloqueo, pero desde esa oportunidad no puedo dejar de ver en un bloqueo otra cosa que un acto criminal, un extremo abuso de poder, momentáneo (o no tanto),  una especie de secuestro colectivo, un irrespeto a una de las más importante de las libertades del individuo, que es la de poder moverse, y, en casos como éste, un desprecio total a la vida y al bien ajeno; un poner en alto riesgo la vida de los más vulnerables.

15 años después los bloqueadores se han superado: ¡bloquear carreteras en medio de una pandemia, se necesita ser canalla! 

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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