Agustín Echalar Ascarrunz

Una renuncia que alivia

domingo, 20 de septiembre de 2020 · 00:11

La semana que termina ha sido una semana de infarto, los resultados de las encuestas que fueron reveladas el miércoles pasado dejaron sin dormir a más de una persona, tanto entre ciudadanos comunes como entre los protagonistas de la vida política de la primera fila. La noticia de que el MAS pudiera ganar en primera vuelta ha hecho asustar a todos los bolivianos que creen de verdad en la institucionalidad y en la democracia, y seguramente ha excitado a los masistas, que luego de los bloqueos y las relaciones sospechosas de su jefe veían sus opciones muy reducidas.

La decisión de la Presidenta de abandonar la justa electoral ha sido bienvenida por todos, inclusive seguramente por quienes la denostan públicamente, y es que es, sin lugar a dudas, un gesto que aclara el intrincado panorama electoral, y que hasta podría ser tomado como ejemplo para finalmente lograr una unidad que permita tener un gobierno no masista, que además tenga  gobernabilidad. 

Algunos han querido ver el gesto de la Primera Mandataria como un acto heroico o, siquiera, como un “gran regalo”;  no lo es. En el mejor de los casos es un acto de sensatez, un poco tardío, pero que vale más que permanecer en el error.

He sentido una gran simpatía por la señora Añez al inicio de su mandato y por eso mismo deseé con todas mis mejores vibras que ella no se postulara a este desagradable puesto de Presidente de Bolivia que, además de mal pagado, es terriblemente ingrato. Más allá de que ella estaba en su derecho y no violaba ninguna ley al hacerlo, lo cierto es que, por un lado, afectó la sensibilidad de quienes estábamos escaldados con las maniobras prorroguistas de Evo, y, por el otro, con el uso y abuso de los bienes del Estado para beneficiar una campaña. De ahí que a medida que la justa electoral se iba calentando y el rol de la Presidenta se confundía más con el de la candidata, las simpatías fueron bajando. 

No fue sólo eso, sino que también los errores cometidos fueron en muchos casos producto de los afanes de campaña. Me refiero, por ejemplo, al caso de los respiradores mal importados de España, que nunca debieron ser distribuidos por la Presidenta; en primer lugar porque esas no son labores de un Presidente de Estado serio (son más bien para perfiles como el de Evo). Ese acto trivial manchó la imagen de la Primera Mandataria, aunque ella no tuviera nada que ver con los entuertos. Además, es posible que la compra, si no fue delictiva, fue hecha de una manera tremendamente chapucera precisamente por el apuro que imprimió la necesidad de hacer campaña. 

La señora Añez desperdició una oportunidad dorada de convertirse en un gran referente de la democracia, no solamente boliviana, y lo hizo no se sabe si por presiones de su entorno o porque la condición humana le jugó una mala pasada. Su periplo es una lección de la relación entre el individuo y el poder. Ayuda, a quien sabe leer entre líneas, a entender lo efímero de los vítores y aplausos, y lo terriblemente duro y peligroso que puede ser llegar a las alturas del poder. 

Durante estos meses me he preguntado, y no solamente en función a la señora Añez, qué puede ser tan atractivo para ser presidente de un país como Bolivia, sobre todo durante e inmediatamente después de esta terrible pandemia. Admiro  el deseo de tomar esa responsabilidad  de algunos de los candidatos, pero no dejo de ver también una falta de reflexión respecto a las verdaderas implicancias del puesto. Me imagino que la Presidenta está también aliviada.

 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

 

 


   

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