Agustín Echalar Ascarrunz

Perdón y rencor

domingo, 27 de septiembre de 2020 · 00:11

Hace unos diez años tuve una conversación muy importante y muy bella con un señor mayor que viajaba conmigo por Perú, el tema era durísimo, la muerte de su nieta de cuatro años. Me contó que era una tarde de domingo, en el verano, su nieta estaba jugando en el jardín delantero de su casa, en un apacible pueblito del sur de Alemania. Él estaba en su cuarto de estudios, leyendo, lo distraían los gritos que venían de la casa de al lado; de pronto escuchó un portazo, el encendido de un motor, un arranque con mucha aceleración, una frenada y los gritos de una mujer.  Salió a ver lo qué sucedía y se le rompió el alma, ahí estaba la vecina, sujetando el cuerpo inerte y ensangrentado de su nietecita. 

La mujer había discutido con su marido, salió de su casa dando un portazo y  se subió a su coche; en medio de su furia, partió e hizo una mala maniobra y entró en el jardín de la casa del vecino, donde estaba la niña; no la vio, la arrolló y la niña perdió la vida. 

Al día siguiente, al anochecer, en medio de su tremendo dolor, alguien tocó el timbre, era el sacerdote del pueblo, se disculpó por molestarlo, y le dijo que sabía que él no era creyente y que además venía de familia luterana, pero que él estaba ahí, y que sentía que podía ayudarlo, que él tenía experiencia en esos temas del dolor y la muerte.

Por cortesía el señor S., mi interlocutor, dejó pasar al cura y hablaron largo, pero lo más importante es que éste le dijo -me contó cinco años después- era que debía aprender a perdonar, que debía perdonar a la mujer que por su negligencia había matado a su nietecita. Sólo si la perdona usted podrá seguir viviendo -le dijo-; si no lo hace, usted se convertirá en una persona muy dura, y es posible que se convierta en una persona muy negativa; usted no tendrá paz y puede llegar a cometer enormes injusticias. 

El señor de marras me dijo que a partir de esa conversación no había vuelto a creer en Dios como en su niñez, pero que había vuelto a tener simpatía por los curas y las personas ocupadas de la espiritualidad. Me dijo que no se había involucrado con el juicio de homicidio por el que pasó la vecina, aunque supo de su condena, y que ya había salido de la cárcel.  Cinco años después, podía hablar de ese hecho tan doloroso hasta con cierta dulzura, mientras volvíamos en el tren de las ruinas de Machu Picchu.  

En esa historia, el señor S tuvo la suerte de encontrarse con un gran consejero; fue bueno que no apareciera en su puerta un vecino veleidoso, que además odiara a las mujeres al volante, por sus propios complejos, y lo incitara a sentir odio;  fue bueno que no viniera un abogado a ofrecerle encerrar en la cárcel a la “maldita” para siempre y, de paso, ganar notoriedad. El señor S tuvo la suerte de encontrar un hombro noble sobre el cual apoyarse mientras mascullaba y digería su terrible pena, y, claro, él era tierra fértil para sentimientos generosos. 

En estos días ha vuelto a acaparar las primeras páginas de los periódicos y los muros de  redes sociales una historia de amor, desamor, muerte y rencor. La justicia boliviana, todos sabemos no es de confiar, la corrupción campea, y también la sinrazón. Pero también juegan un rol importante para que éstas se consoliden los sentimientos de venganza y eventualmente ciertas agendas también contaminadas por el odio. La sentencia que condena al señor Kuschner por la muerte de su exenamorada parece tremendamente injusta, debido a que difícilmente se puede creer  que esa muerte hubiera sido producto de un plan premeditado y alevoso; más bien parece el resultado de un desafortunado accidente. Habrá que estar atento a la publicación de la fundamentación de esa decisión tan extrema.

 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
 

 

 


   

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