Agustín Echalar Ascarrunz

El aborto, acercándose

domingo, 10 de enero de 2021 · 00:11

El que el aborto voluntario haya sido legalizado en la Argentina podría ser sólo una noticia del extranjero, pero considerando que la Directora de Despatriarcalización del Ministerio de Justicia ha declarado que es momento de debatir el tema, el asunto se vuelve local y cobra vigencia. 

Muchas personas opinan que la legalización del aborto es un asunto de salubridad, eso para evitar la muerte de las mujeres que, aunque sea ilegal,  de todos modos lo practican, y lo hacen en condiciones extremadamente precarias. Tienen bastante razón pero, ojo,  no es sólo un tema de salud pública, sino también es uno ético, y debe también ser discutido desde esa perspectiva. 

Para los católicos que son la inmensa mayoría de los bolivianos y para la mayoría de los cristianos, el asunto no tiene espacio de discusión: una mujer que aborta tiene un castigo divino muy grande, y puede terminar en el infierno (a menos que se arrepienta). Pasa lo mismo con los galenos u otras personas que ayudan a que tenga lugar un aborto inducido.

Un castigo en la eternidad es lo peor que uno puede imaginarse (si cree en la eternidad) y eso debería bastar a los creyentes para no incurrir en esa práctica.  

Siendo que la inmensa mayoría de los bolivianos son católicos, haría sentido que la ley esté acorde a esa “cosmovisión”. El problema es que, sin embargo, existe un cierto porcentaje, muy pequeño, que no es creyente y otro, un poco más grande, aún dentro de los católicos, que maneja un cierto sincretismo, que combina sus creencias antiguas con visiones modernas de la vida. Por muy pequeños que sean esos porcentajes de la población ajena al cristianismo, o por lo menos a las versiones más ortodoxas de éste, éstos deben ser respetados. 

Existe una visión diferente y no cristiana respecto a la sexualidad que ha cobrado enorme fuerza en los últimos 60 años. El fin de ésta, de la sexualidad,  es ante todo el placer. Verdad de Perogrullo, pero vale la pena subrayar porque no siempre fue interpretado así. La mayoría de la gente, inclusive la católica,  tiene sexo ante todo para satisfacerse y no para tener hijos. La procreación no es un fin último, sino un efecto lateral del acto sexual.

Esto lleva a una visión distinta a la cristiana.  Aparte de que el placer es visto como un derecho, la procreación debe ser deseada, buscada; no encontrada por casualidad o por equivocación, peor por negligencia. No parece insensato, o inmoral, el plantearse que sólo vengan al mundo niños que verdaderamente son deseados. 

Ergo, si más allá de todas las precauciones para que eso no suceda se da un embarazo no deseado, parecería sensato que éste sea interrumpido si los progenitores así lo quieren. (Vale aclarar en este punto que no estoy tocando el tema de los embarazos producidos a partir de hecho criminales, los cuales pueden ser interrumpidos de acuerdo a la ley actual).

Una consecuencia lógica de una legalización del aborto sería también el derecho tanto del padre como de la madre a desligarse de la responsabilidad de criar o mantener un hijo. Desde el punto de vista de esa “producción”, que luego se convertirá en persona, el daño del abandono es menor que el de impedir su nacimiento; el primero es reversible y tiene otras opciones, el segundo es definitivo. 

Y está, por supuesto, la duda que tiene que ser resuelta lo más cerca que se pueda a la ciencia respecto a en qué momento adquiere derechos esa producción que en poco tiempo se convertirá en un ser humano. Algo que no necesita seguir la lógica cristiana, aunque es posible que pueda terminar pareciéndosele más de lo deseado. Parte de la religión actual, de la política actual, de la modernidad, es la preocupación por los más débiles e indefensos y su protección, y de eso estamos hablando.

Cuando empiecen las discusiones sobre el aborto (me refiero a los espacios formales), la cosa se pondrá brava,  e imagino difícil que se llegue a un acuerdo muy  pronto, precisamente porque es un tema ético muy serio; pero creo que una alternativa, siquiera por el momento, sería profundizar en un método intermedio, como es la píldora del día después, y, por supuesto, una verdadera y no pacata difusión masiva de los métodos anticonceptivos. Ese es nomás el mejor camino para evitar abortos y muertes por abortos mal practicados.

 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
 

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