Agustin Echalar Ascarrunz

Recuerdos de principios de siglo

domingo, 24 de enero de 2021 · 05:11

Hace casi 20 años me tocó caminar por la península de Copacabana. No fui en peregrinaje a honrar a la famosa advocación lacustre de la Virgen María, y de hecho, contrariamente, a lo que hacen miles de peregrinos cada año, comencé mi ruta en el Santuario y caminé hasta Tiquina. No fue un acto de apostasía, fue algo mucho más peregrino, estaba en Copacabana, debía volver siquiera a Huatajata, y todo estaba bloqueado. Era el segundo día de septiembre del año 2000.

Conseguí que un motociclista me llevara hasta las alturas donde estaba el primer bloqueo infranqueable y luego comencé a caminar, y a conversar con los bloqueadores; no encontré agresión entre ellos, sino más bien una buena predisposición a comunicarse (todavía no había empezado el estilo de que las bases no hablan con periodistas o ramas afines), y la charla en algún punto fluyó. La gente, amable, me invitaba refrescos e intuyendo mis debilidades estomacales urbanas me ofrecía jugos de cajita;  aunque si pasé por una prueba, me invitaron una sopa fría, con sus grasitas nadando, y reían mientras apuraba bocado. 

Cuando empezamos a hablar del por qué del bloqueo, las respuestas fueron recurrentes, pero dichas con convicción; estaban indignados con el plan del gobierno de privatizar el lago Titicaca. Sus dirigentes les habían dicho que con la privatización de éste no les dejarían ni acercarse, ni sacar un pescadito, ni siquiera un poquito de agua. 

También estaban alterados porque les habían dicho que el gobierno ya no quería escuelas para la gente del campo; les habían dicho que las iban a cerrar, que solo iban a haber escuelas para los ricos.  Estaban dispuestos a todo, a aguantar el tiempo que fuera necesario bloqueando los caminos, para evitar esas desgracias.

Obviamente jamás hubo un plan de privatizar el lago o algo parecido,  o de cobrar por el agua de la lluvia, como lo publicitó Iziar Bullain en su película También La Lluvia y tampoco hubo en ningún momento la intención de cerrar las escuelas fiscales; esas mentiras, diseminadas por los organizadores del bloqueo habían calado hondo, los pobladores de las orillas del lago  estaban convencidos de que eso era verdad.

El bloqueo duró 19 días y puso de rodillas al gobierno del exdictador (entonces democráticamente elegido) Presidente Banzer. Felipe Quispe, que dijo que él era el presidente de los indios (frente a Banzer, que era de los k’aras), fue no sólo el ganador de la pulzeta, sino el principal organizador del bloqueo, de ese bloqueo que reflejaba una enorme molestia fundada en mentiras. 

Fue una estrategia astuta, pero completamente deshonesta. 

Tres años después otro tipo de mentiras llevaron al desenlace de Octubre Negro. No se debe olvidar que el aglutinante para la rebelión alteña fue la noticia de que Goni pretendía vender el gas a Chile, el “enemigo ancestral”, con el cual se puede manipular tan bien a la inmensa mayoría de los bolivianos; más allá del torpe manejo que del gobierno de Sánchez de Lozada al momento de tratar de parar la insurrección.  

Como no podía ser de otra manera, la muerte del anciano dirigente campesino y exguerrillero me llevó a recordar este episodio, que pasó hace casi cuatro lustros. 

Las injusticias sociales, el racismo, la pobreza extrema de buena parte de Bolivia son reales y deben ser combatidas, pero no a partir de falsedades.

El Mallku no fue el primer político que hizo pasar mentiras por verdades para convulsionar un país, y, ciertamente, no será el último. No creo que su paso por la historia sea heroico. Acostumbrado a inventar situaciones, también despreció los riesgos del coronavirus, y fomentó el no uso del barbijo, inventando que era una enfermedad que no afectaba a los “indios”. ¿Cuántos contagiados estarán en su cuenta? Los líderes políticos tienen una gran responsabilidad cuando se dirigen al público, porque la gente les cree.  

Agustin Echalar Ascarrunz  es operador de turismo.

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