Agustín Echalar Ascarrunz

Nuestros muertos

domingo, 7 de noviembre de 2021 · 05:12

Este año, el mes de recordatorio a nuestros muertos ha tenido un significado más profundo, en parte porque estamos viviendo, tal vez, el principio del fin de la pandemia, o por lo menos una tregua bastante larga. Es posible que la cuarta ola no cause tantas muertes como las anteriores, porque buena parte de las personas más vulnerables ya han recibido dos o tres dosis de vacuna, y eso no sólo que implica una mayor seguridad, sino que también da la sensación de la misma.

Es por eso que la vida ha empezado a normalizarse, los teatros se están abriendo, están empezando a estrenarse películas en salas y hasta se han dado espectáculos de mayor envergadura.

El viernes de la penúltima semana de octubre, tuvo lugar un hermoso y conmovedor concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, patrocinado por la Embajada Alemana, en memoria de quienes se fueron y ese mismo día, a menos de un km de distancia, tuvo también lugar un gran espectáculo patrocinado por la Fundación del Banco Central, una celebración del poder y la fiesta, más allá de la diferencia de enfoque en este paso a despedir la pandemia. Lo interesante es que nuestra (no tan pequeña) ciudad tenga espacio suficiente para atender a dos tipos de expresiones culturales que conmueven a su manera  a los colectivos de los que está conformada nuestra colectividad.

El domingo 31, buena parte de los paceños, en especial los niños y jóvenes, se han lanzado a las calles con trajes un tanto horrorosos, reproduciendo una tradición que, aunque antiquísima, viene ahora del mundo cosmopolita anglosajón y es parte de la galopante globalización en la que vivimos. No debería molestar a nadie y no viene a reemplazar una celebración y una ritualidad que tiene una significación muy distinta.

El día de difuntos tiene la gran particularidad de acercar a las nuevas generaciones a la memoria de las viejas generaciones de los antepasados, de los parientes y amigos que ya no están. Es la festividad en la que verdaderamente se hace honor a las raíces propias. Las mesas andinas, o mexicanas, donde se preparan los manjares que gustaban  los difuntos, no responden necesariamente  a la un poco tétrica idea de que las almas de los seres queridos retornan y quieren esos manjares, sino, ante todo, es una manera de recordarlos.

Hay formas y formas de recordar a nuestros muertos, con música, con manjares, con una vela, visitando el cementerio y arreglando el túmulo, desempolvando sus fotografías. Todas  son válidas. Ninguna es mucho mejor que otra, aunque a unos una manera pueda parecer más sublime que las demás. Lo importante es recordar.

El presidente Daza, quien murió con muy mala fama y que no ha podido reivindicarse hasta ahora, mando hacer un pequeño recordatorio para sus padres, es un ángel, sobre un pedestal. En éste están escritos los nombres de ambos y una frase que conmueve: “La muerte no es nada, el olvido lo es todo”. Pese a los datos históricos, vez que he pasado por esa pequeña estatua en el cementerio de Sucre, no he podido dejar de sentir un poco de simpatía por el desdichado presidente.

La celebración de los difuntos en esta parte del mundo es el summum del sincretismo entre lo cristiano y lo prehispánico, no por casualidad; la curia española sabía lo que estaba haciendo al momento de la cristianización. Es difícil, cuando no imposible, hoy en día, separar lo cristiano de lo andino en esos rituales.

La transculturación, o la aculturación, es parte del devenir humano y es algo contra lo que no se puede luchar, mucho más en estos tiempos de tanta facilidad de comunicación. No está dicha la última palabra respecto a un “jalouin” local, con comparsas, disfraces y bandas, que surgirá a partir de esta fiesta gringa de la calabaza. Pero, reitero, más allá de eso, lo que cuenta es la memoria.  Al no olvidar a nuestros ancestros, no olvidamos lo que verdaderamente somos.

 

 Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo

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