Agustín Echalar Ascarrunz

De escudos y emblemas

domingo, 28 de febrero de 2021 · 05:11

No tengo mucho apego a los símbolos patrios, aunque la Bandera boliviana obviamente me llega al corazón. Eso, porque simboliza este triste país que es el mío, y que lo amo, no porque sea bello, ni rico, ni la cuna de alguna gran cultura, ni por sus logros políticos u económicos; uno ama a su país básicamente porque nació en él; es un poco lo que pasa con el amor a la madre.

Decía que no tengo mucha simpatía por los símbolos patrios, y esto debe ser porque me eduqué en un sistema influenciado por un mundo que todavía tenía las heridas de uno de los peores episodios de nacionalismo, patriotismo y toda su parafernalia. Pasé la primaria en una escuela influenciada por un país que había prohibido el uso de la bandera en edificios que no fueran públicos. 

En lo que respecta a nuestro Escudo Nacional, no olvido la sonrisa picarona y la franca carcajada de mi padre al leer en un artículo del inolvidable Paulovich, hace más de 50 años, que al Escudo Nacional sólo le faltaba un anafre y un trompo. Seamos sinceros, nuestro emblema patrio es un poco exagerado, sobre todo con tanta bandera alrededor. 

La cruz escalonada, en tono de Patchwork,  que ha sido impuesta como emblema de “marca país”, está causando una enorme roncha,  y es que, con razón, algunos creen que se está sustituyendo nuestro (un poco chabacano) Escudo con un símbolo, con el que, además, no se puede identificar una parte importante de los ciudadanos. 

Creo que el emblema en cuestión, la cruz hecha de remiendos, tiene serios problemas porque tiene simplemente “demasiada información” (casi siguiendo la tradición del Escudo con llamita, arbolito, cerrito, hogazita, e iglesiecita); la sencillez es siempre algo más elevado, y es capacidad de síntesis. El mejor ejemplo al respecto es la “marca país” de Perú, inspirada en una de las figuras de los desiertos de Nazca. 

No le tengo antipatía a la cruz escalonada, de hecho, me parece un símbolo muy interesante precisamente por su antigüedad, se la ve en Tiwanaku, pero antes en Pucara, la abuelita peruana de Tiwanaku; eso sí, una versión más sencilla, más limpia, hubiera estado mejor, como casi siempre: menos es más. 

Los símbolos patrios sólo tienen la importancia que uno o un colectivo les da y fueron extremadamente importantes en países fascistas, no lo son en países liberales. 

No creo que debería preocuparnos este el cambio, a fin de cuentas, hasta aguantamos, hace casi doscientos años, el cambio de nombre de nuestro país (y le pusieron el de un “veneco”).  Lo que tiene que preocuparnos es el uso y, ante todo, el abuso que se dé a los símbolos.  ¿Recuerda estimado lector las calcamonías con una efigie de Evo en todas y cada una de las cabinas del teleférico de La Paz? (dicho sea de paso, esa llunqueada fue del actual candidato del MAS a la Alcaldía de La Paz y sirve para ubicar su carácter).

El problema con cambiar de escudo o de bandera es que posiblemente se está ofendiendo a muchos buenos ciudadanos que realmente han desarrollado un amor por esos símbolos o, mejor dicho, expresan su amor a su patria reverenciándolos. Sin embargo, no deja de ser una discusión bizantina la que nos ocupa en estos días, cuando a una semana de las elecciones locales el antiguo granero de Bolivia amenaza con arder. 

Pero aclaremos, si nos parece banal discutir sobre los símbolos patrios, más banal es haber ocupado tiempo y dineros del Estado para cambiarlos. Esa debería ser la última prioridad de un gobierno, pero, como vemos,  no lo ha sido.

 

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
 

 

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