Agustín Echalar Ascarrunz

De desastres y pandemias y sus aprendizajes

domingo, 6 de junio de 2021 · 05:11

Lo que viene sucediendo desde principios del año pasado en el mundo entero es el desastre global más grande que se ha vivido en los últimos siglos, en la medida en que verdaderamente ha afectado casi sin excepción a cada rincón del mundo. Sería interesante, más allá del morbo, pedir a todos los seres humanos que levante la mano aquel que no ha perdido un ser querido, sea familiar o amigo, a causa de este mal; es posible que sólo un puñado de personas estaría en condiciones de hacerlo. 

Cabe, sin embargo, mencionar que más allá de eso, si comparamos lo que nos pasa hoy con lo que pasó a las comunidades directamente involucradas en una guerra, esto sigue siendo un desastre de baja intensidad.

Tal vez, por carambola, ésta sea una lección que se puede aprender, que no hay peor cosa que una guerra y que un mal, por muy extremo, invasivo, y casi etéreo que sea, como lo es el coronavirus- 19,  no es ni de lejos tan brutal y destructivo como una confrontación bélica.

De hecho, esa lección fue aprendida con sangre ya hace 70 años, y le hizo bien a la humanidad, después de la brutalidad de la llamada Segunda Guerra Mundial, surgió un mundo más justo, más ecuánime y más solidario, un mundo que está pudiendo enfrentar esta pandemia de una manera increíblemente eficiente, aunque gente querida y valiosa, haya quedado en el camino.

Aunque posiblemente la mayoría de las personas que han contraído la enfermedad no se han dado cuenta, y han pasado por ella sin sentir el menor malestar, y los más importantes porcentajes de personas que la han contraído, y lo saben se han recuperado, lo cierto es que el avance médico alcanzado a estas alturas de la historia del ser humano es tan sorprendente, que se está logrando frenar la pandemia de una manera que hubiera sido inimaginable hace “tan sólo” 70 años. 

Esta pandemia puede ayudarnos a ver y a valorar el triunfo de la medicina, vale decir de la ciencia y el de la solidaridad (no olvidemos que Bolivia está recibiendo un enorme contingente de vacunas de donación por el dudoso mérito de ser pobre),  pese a todas las historias de horror y dolor que pueden darse en el camino.

Existen sociedades e individuos que aprenden de las lecciones que les da la vida de mejor manera que otras, Bolivia parece ser que está entre las que aprenden menos. El que no se hubiera hecho énfasis en ampliar los hospitales y los sectores de atención para terapia intensiva es una muestra de eso. No, el gobierno no aprendió de la (mala) experiencia del gobierno transitorio, y no hizo su parte en estos ya largos siete meses. 

Recordemos que el gobierno de la señora Añez vivió la pandemia durante un periodo de siete meses y tuvo la desventaja de que en ese momento no se sabía en ninguna parte del mundo lo que se debía hacer; y que hace una semana se ha inaugurado un coliseo en Mojocoya, con presencia del Presidente, sin distanciamiento social, arguyendo que deporte es salud (lo cual es verdad, pero no en un coliseo en medio de una pandemia), y lo han bautizado con el nombre de Evo Morales, dicho sea de paso, considerando la impertinencia del gasto y del momento, suena más a insulto que a homenaje para el (ya no tan) jefazo azul.

Estamos viviendo el hasta ahora más trágico momento de la pandemia, 113 muertos en 24 horas en nuestro país equivalen a aproximadamente 2.260 en el Brasil, lejos del pico más alto de nuestro vecino, que llegó a más de 4.000 muertos por día. 

 Este dato no puede hacernos sentir alivio, sino que debe prepararnos a una situación peor en las próximas semanas. Y aunque suene a Perogrullo, vale recordar que no son sólo cifras que suenan tolerables, sino personas, prójimos, dicho bíblicamente, de los que estamos hablando.

Toca cuidarse lo más posible y recordar que si uno se cuida está cuidando a los demás.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
 

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