Opinión

Naves rusas en el Atlántico norte

lunes, 15 de octubre de 2018 · 00:08

Las acciones norteamericanas durante la Guerra Fría (1945-1991) contra la ahora inexistente Unión Soviética se basaron en un implacable cerco geopolítico alrededor del gigante comunista. El “corralito” se posibilitó con el apoyo de los miembros de la Organizaciòn del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en particular Turquía, aliado clave. Bases militares y alianzas adicionales permitieron que Washington mantenga su “apriete” sobre la superpotencia terrestre, de suyo con una geografía complicada que limita su acceso hacia aguas internacionales.

Al extinguirse la Unión Soviética se formaron 15 repúblicas. La Federación Rusa heredó en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas su puesto permanente con derecho a veto. Los primeros gobiernos norteamericanos posteriores al colapso soviético se mostraron abiertos a una nueva era de cooperación. El comunismo no era ya problema, podían ser socios con los rusos.

Sin embargo, prevaleció una miope visión. Inclusive creció la irritante política del cerco: la OTAN llegó hasta el borde mismo de Rusia al incorporar exsatélites de la URSS. Caído el débil régimen de Yeltsin, Vladimir Putin se propuso reconstituir Rusia y aprovechó su capacidad energética para resurgir tras el desorden de la transición del comunismo hacia un régimen que primero intentó ser democrático y terminó en autoritarismo.

Las encuestas señalan una alta tasa de apoyo para la prédica de Putin de “reconstituir” la grandeza rusa. De esa manera se explica la absorción de Crimea y el tema de Ucrania, que por siglos fue parte del Imperio zarista y luego de los soviéticos.

Ante lo que considera gestos inamistosos de Estados Unidos y de la OTAN, Rusia -pese a sus limitaciones económicas- reforzó su fuerza naval. Asimismo, la fuerza aérea está siendo modernizada para poder competir con el F-35 de Estados Unidos. Se han producido varios incidentes entre aviones y barcos rusos con homólogos norteamericanos cerca de zonas bajo influencia de Moscú. Incidentes similares seguirán ocurriendo. Moscú -a sabiendas de su inferioridad- igual reciproca con la incursión de sus buques en el Atlántico.

No habrá guerra, pero continuará un juego peligroso. Los rusos no desean que Estados Unidos merodee alrededor de sus fronteras y Washington parece determinado a sí hacerlo. Tras una breve primavera, desde hace varios años ha resurgido otro tipo de guerra fría, no con la intensidad anterior pero como Occidente mantiene la obsoleta doctrina de “parar al oso ruso”, el oso reacciona y fuerte. De ahí, Crimea, Ucrania y la intervención de Moscú en Siria.

Por otro lado, hace unos meses Estados Unidos decidió rehabilitar a la Segunda Flota. El Pentágono le instruyó lo que hizo antes: proteger el Océano Atlántico Norte, pero esta vez debido a la presencia rusa en esas aguas, situación que no se daba desde las peores épocas de la extinta guerra fría. La Segunda Flota supervisará el paso de los barcos que naveguen entre la costa este de Estados Unidos y el mar de Barents.

Esta revivida flota refleja la creciente competencia de Estados Unidos con el Kremlin y hasta con Beijing, aunque con este último las acciones por el momento están centradas en el Mar Meridional de la China, lugar donde permanece otra flota norteamericana que protege la navegación comercial en esa estratégica zona.

Por correlación de fuerzas la marina estadounidense supera de lejos al conjunto Rusia-China y es la más grande que el mundo haya visto jamás; tiene 20 portaaviones y 415 navíos de guerra. El Kremlin posee sólo un portaaviones y Beijing, tres. Aún así, Rusia con 61 submarinos nucleares y 80 corbetas capaces de alcanzar grandes distancias, ronda cerca de las costas norteamericanas, preocupando a Washington. El proceso sigue y puede ocasionar situaciones graves. Por ahora se trata de un simple esquema de amenazas mutuas.

Agustín Saavedra Weise es economista y politólogo. www.agustinsaavedraweise.com

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