Energía y humanidad marcharán juntas nuevamente

lunes, 7 de enero de 2019 · 00:12

Como ya mencioné en una nota de 2013, desde la antigüedad el dilema humano esencial se centró en cómo crear energía, cómo conservarla y de qué manera usarla para propio beneficio. La historia del hombre ha transcurrido en paralelo con la historia del desarrollo energético. Partiendo de las fuentes naturales (agua, tierra, fuego y vientos) se fueron mejorando técnicas e inventando procesos. El Homo sapiens siempre procuró salvar energía, tanto para sí mismo al acumular grasa en su cuerpo (cuando podía comer en abundancia) como también supo con el tiempo guardar energía para manejarse mejor en la vida cotidiana. La progresiva domesticación de equinos, vacunos, ovinos, gallináceos, perros y gatos  significó un notable ahorro de energía al brindar protección contra alimañas, compañía para cazar, transporte, seguridad y la posibilidad de tener alimentos a la mano (proveedores de energía) sin necesidad de salir a buscarlos, gastando en ello buena parte de la energía ya acumulada.

El dinámico avance de la curva del progreso perfeccionó lo conocido y precipitó otra serie de innovaciones con miras a satisfacer los nuevos requerimientos energéticos de la vida en sociedad. Los romanos construyeron sus famosas “vías”, con centro irradiador en Roma, capital del Imperio. Era otra manera de ahorrar energía y de avanzar con poco esfuerzo para seguir conquistando o preservar lo obtenido. Las modernas autopistas del presente reflejan ese legado del pasado. Luego vino el tiempo de los trenes, automóviles y aviones, culminando con la era atómica y espacial más muchos otros productos útiles para todos, entre ellos desde lavarropas y cocinas hasta celulares, tabletas, cibernética, desarrollo de la inteligencia artificial, etc. Todos esos inventos e innovaciones surgieron por la perenne lucha en pos de salvar energía. Empero, he aquí que tras una positiva evolución de milenios hemos llegado desde hace unos cuantos años a niveles negativos. Ya no ahorrábamos energía, la estábamos dilapidando. Y ese fue un giro de peligrosas consecuencias. La falta del tradicional sentido histórico del ahorro energético creó fenómenos dañinos tales como el efecto invernadero y el calentamiento global.

La creciente alarma universal por la contaminación de los combustibles fósiles ha logrado recrear en nuestros días el sentido pretérito del ahorro energético. Ahora se observa un positivo vuelco hacia el uso de energías renovables. Volvemos al pasado sí, pero con lo mejor de la tecnología disponible en esta época que vivimos. Los combustibles tradicionales, tales como carbón petróleo, gas y derivados, progresivamente serán reemplazados por fuentes limpias. Este  proceso tomará bastantes años aún, pero ya andamos por el buen camino. La humanidad se reorienta hacia sus propios orígenes, que tuvieron al ahorro de energía como factor vital del desarrollo humano.

El Acuerdo de París (2015) marcó rumbos para avanzar en las próximas décadas hacia un mundo menos contaminado. Los expertos predicen que en 2050 habremos llegado al límite de la contaminación en varias regiones. Para impedir esa calamidad urge acelerar una transformación global que implique mayor uso de elementos naturales  (sol, agua, vientos, biomasa) capaces de proveer energía constante y renovable. En este último tiempo, energía y humanidad  se han reencontrado; marchan juntas nuevamente en el recurrente ciclo de usar energía con prudencia  y ahorrarla de la misma manera.

Agustín Saavedra Weise es consultor internacional, economista y politólogo.

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

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