Agustín Saavedra Weise

Kurdos: el drama de un pueblo sin Estado

lunes, 09 de diciembre de 2019 · 00:12

Por el tratado firmado en la ciudad francesa de Sèvres el 10 de agosto de 1920 entre la perdidosa Turquía y las naciones aliadas de la Primera Guerra Mundial (con excepción de Rusia y Estados Unidos) el Imperio otomano perdió la mayor parte de sus antiguas posesiones y se decidió crear en Anatolia Oriental un Estado soberano para los kurdos.  En 1922 la Sociedad de las Naciones reiteró este propósito, pero la rebelión de Kemal Ataturk -que derrocó al sultanato- dio por tierra con varias estipulaciones del acuerdo, entre ellas la vinculada con la creación del Kurdistán. 

Como el tratado no fue totalmente ratificado, algunas cosas se cumplieron, otras no y luego la dinámica mundial siguió su curso, dejando en el camino varios asuntos del pasado, entre ellos la reivindicación ancestral de un pueblo aprisionado entre cuatro países, nuevamente ignorada en 1823 cuando se concluyó otro acuerdo en Lausana (Suiza) que estableció los límites de la Turquía moderna y no mencionó para nada el tema kurdo.

 Durante los siguientes 80 años, cualquier movimiento de los kurdos para establecer un Estado independiente ha sido brutalmente sofocado, en particular por los turcos, cuyas acciones del pasado han sido francamente genocidas y las del momento presente ostentan una tenebrosa similitud, generando preocupación en la comunidad internacional.

El Kurdistán está enclavado en cuatro porciones de  cuatri países: sureste de Turquía, norte de Siria norte de Irak y el noroeste de Irán. En varias ocasiones los kurdos han procurado crear un Estado independiente sobre la base de algunas o todas las áreas con población kurda. Ante la oposición de quienes controlan sus territorios ancestrales, optaron por negociar autonomía. En algunos casos tuvieron éxito, aunque sufrieron horribles tragedias, particularmente en Irak y en Turquía.

Durante el medioevo los kurdos formaron débiles emiratos por separado, sin lograr jamás agruparse en lo que podría haber sido un solo Estado. La nación kurda quedó así dispersa y dominada por otras etnias. El colonialismo franco-británico tampoco ayudó en lo que hace a Kurdistán; los acuerdos Sykes-Picot de 1916 no resolvieron nada. La invasión norteamericana (2003) para derribar a Saddam fortaleció al gobierno regional  kurdo en la parte septentrional iraquí, dotada de petróleo. 

Estando así las cosas, se llegó al presente. Los kurdos y sus valientes mujeres fueron factótum en la derrota del ISIS (Estado Islámico) pero Estados Unidos les pagó mal a sus corajudos aliados en Siria:  los dejó indefensos en manos del  cruel enemigo histórico. Con Irán relativamente indiferente, Siria devastada e Irak semi destruido y dividido, la única oposición dura de los kurdos es Turquía. Responsables de múltiples matanzas de armenios y kurdos, los otomanos siempre se caracterizaron por su crueldad. 

Por las alianzas de Ankara con la OTAN, tanto Estados Unidos como la Unión Europea siguen reticentes ante las aspiraciones kurdas. Hoy las cosas podrían cambiar. Frente a la mano dura y antikurda  de Erdogan -presidente turco en ejercicio- realidades geopolíticas han creado nuevas situaciones que deberán ser consideradas. Es casi imposible que los kurdos recuperen la integridad de su tierra ancestral, pero sí podrían acomodarse en el norte de Siria  y norte de Irak a los efectos de crear un país soberano que además sería gran  baluarte contra el “yihadismo”. Con el tiempo, tal vez incluso sea factible lograr arreglos pacíficos con turcos e iraníes para repatriar kurdos y hasta adquirir algunas parcelas territoriales. 

Todo es posible o tal vez no, dada la ebullición que caracteriza a esa parte del globo, pero que el Kurdistán merece ser un Estado soberano es algo que está fuera de duda alguna.

Agustín Saavedra Weise es economista y politólogo.
www.agustinsaavedraweise.com

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